Webcast: la bahía donde naufragaron los piratas
Como no tenía nada más que hacer en Ciudad de Panamá salvo esperar, decidí acercarme a la playa. No tenía más indicaciones que las que veía en el mapa, pero decidí que aquello sería lo suficientemente bonito como para entretenerme unos días al sol. La carretera estaba despejada, y en sus márgenes la vida se hacía notar en forma de pueblecitos ruinosos y paisajes verdes y frondosos trufados de flores carnosas y los lagos mansos que recordaban a manchas de mercurio salpicadas en medio de la maleza. Panamá me recordaba cada vez más a una Cuba ligeramente más próspera. Todas las guías advertían de que Colón es una ciudad a evitar por sus altos índices de delincuencia, y como no me apetecía especialmente sacar el spray de pimienta, enfilé rumbo a la costa noreste, a un pueblo con el prometedor nombre de Portobelo.
La ruta de repente se encuentra con el Caribe y empieza a torcerse y a describir enrevesadas curvas justo al borde del mar. Enormes palmeras a ambos lados de la carretera, playas del tamaño de un pañuelito, gigantescos árboles cubiertos de lianas, rostros morenos que se giraban con curiosidad algo fatigada al verme pasar, mariposas grandes como platos que se precipitaban ante el casco, ocasionales cangrejos de pinzas desproporcionadas saludando mi paso como pequeños fans enloquecidos, sapos globosos e hinchados como balones de fútbol chapoteando en los charcos del camino. Llegué a Portobelo, un pobladito diminuto de casas sucias y viejas encastrado al fondo de un puerto natural acogedor y defendido por fuertes en ruinas. La muchacha que atendía la decrépita oficina de turismo, vigilada por un maniquí negro de papel manché de aspecto algo siniestro, se limitó a masticar chicle con indiferencia y decirme con un acento muy cerrado que para conseguir alojamiento podía ir tanto hacia adelante como hacia atrás. Eso hice. Pronto me di cuenta de que los precios aquí no tienen nada que ver con los del resto del país. Me decidí por un pequeño hotel con un muelle mohoso y modestísimas habitaciones colgadas directamente a ras de mar. Cuarenta y cinco dólares, y no hubo manera de bajar de ahí. Los precios de las comidas eran tan altos que rescaté mi táctica de avituallarme en el supermercado como había hecho en Francia, un año atrás. No me extrañó lo más mínimo descubrir que la historia de Portobelo estaba íntimamente ligada con los piratas.

Portobelo, que hoy cuenta con menos de tres mil habitantes y agoniza de asco al borde de un mar turbio y más bien poco apetecible, fue uno de los puertos más importantes de la época colonial. Descubierto por Cristobal Colón en su cuarto viaje a las Indias, el puerto contaba con una bahía natural muy profunda que lo hacía ideal para embarcar el oro peruano rumbo a España. Así, los conquistadores crearon una ruta mulera que atravesaba medio continente, para concluir en la gigantesca aduana de Portobelo -todavía en pie desde el XVI, aunque poco le falta para desplomarse- donde se dice que estuvo alguna vez la tercera parte de todo el oro del mundo. En su época de apogeo, Portobelo acogía ferias mundiales que duraban más de un mes. Su Cristo negro era adorado con devoción. Un innumerable rosario de notorios piratas asediaron sus fortificaciones: Henry Morgan, al mando de una enorme flota de barcos y 450 corsarios, el sanguinario Edward Vernon, e incluso el famosísimo Francis Drake, que murió de fiebre en su bahía. A partir del siglo XVIII, Portobelo fue cayendo en el abandono y hoy es un agónico pobladito sobrevolado de cerca por pelícanos rollizos grandes como pterodáctilos y amenazadoras aves catártidas negras como el carbón.
Como no tenía nada más que hacer en Ciudad de Panamá salvo esperar, decidí acercarme a la playa. No tenía más indicaciones que las que veía en el mapa, pero decidí que aquello sería lo suficientemente bonito como para entretenerme unos días al sol. La carretera estaba despejada, y en sus márgenes la vida se hacía notar en forma de pueblecitos ruinosos y paisajes verdes y frondosos trufados de flores carnosas y los lagos mansos que recordaban a manchas de mercurio salpicadas en medio de la maleza. Panamá me recordaba cada vez más a una Cuba ligeramente más próspera. Todas las guías advertían de que Colón es una ciudad a evitar por sus altos índices de delincuencia, y como no me apetecía especialmente sacar el spray de pimienta, enfilé rumbo a la costa noreste, a un pueblo con el prometedor nombre de Portobelo.
La ruta de repente se encuentra con el Caribe y empieza a torcerse y a describir enrevesadas curvas justo al borde del mar. Enormes palmeras a ambos lados de la carretera, playas del tamaño de un pañuelito, gigantescos árboles cubiertos de lianas, rostros morenos que se giraban con curiosidad algo fatigada al verme pasar, mariposas grandes como platos que se precipitaban ante el casco, ocasionales cangrejos de pinzas desproporcionadas saludando mi paso como pequeños fans enloquecidos, sapos globosos e hinchados como balones de fútbol chapoteando en los charcos del camino. Llegué a Portobelo, un pobladito diminuto de casas sucias y viejas encastrado al fondo de un puerto natural acogedor y defendido por fuertes en ruinas. La muchacha que atendía la decrépita oficina de turismo, vigilada por un maniquí negro de papel manché de aspecto algo siniestro, se limitó a masticar chicle con indiferencia y decirme con un acento muy cerrado que para conseguir alojamiento podía ir tanto hacia adelante como hacia atrás. Eso hice. Pronto me di cuenta de que los precios aquí no tienen nada que ver con los del resto del país. Me decidí por un pequeño hotel con un muelle mohoso y modestísimas habitaciones colgadas directamente a ras de mar. Cuarenta y cinco dólares, y no hubo manera de bajar de ahí. Los precios de las comidas eran tan altos que rescaté mi táctica de avituallarme en el supermercado como había hecho en Francia, un año atrás. No me extrañó lo más mínimo descubrir que la historia de Portobelo estaba íntimamente ligada con los piratas.

Portobelo, que hoy cuenta con menos de tres mil habitantes y agoniza de asco al borde de un mar turbio y más bien poco apetecible, fue uno de los puertos más importantes de la época colonial. Descubierto por Cristobal Colón en su cuarto viaje a las Indias, el puerto contaba con una bahía natural muy profunda que lo hacía ideal para embarcar el oro peruano rumbo a España. Así, los conquistadores crearon una ruta mulera que atravesaba medio continente, para concluir en la gigantesca aduana de Portobelo -todavía en pie desde el XVI, aunque poco le falta para desplomarse- donde se dice que estuvo alguna vez la tercera parte de todo el oro del mundo. En su época de apogeo, Portobelo acogía ferias mundiales que duraban más de un mes. Su Cristo negro era adorado con devoción. Un innumerable rosario de notorios piratas asediaron sus fortificaciones: Henry Morgan, al mando de una enorme flota de barcos y 450 corsarios, el sanguinario Edward Vernon, e incluso el famosísimo Francis Drake, que murió de fiebre en su bahía. A partir del siglo XVIII, Portobelo fue cayendo en el abandono y hoy es un agónico pobladito sobrevolado de cerca por pelícanos rollizos grandes como pterodáctilos y amenazadoras aves catártidas negras como el carbón.






























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