A viagem de Fabian Barrio na América inicia pela Argentina, mais especificamente em Buenos Aires, quando esteve em março deste ano. Seus relatos são cheios de detalhes e lembranças sensíveis da infância e adolescência. Não tem como se emocionar com as passagens.

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Tras practicamente nueve meses dando tumbos por Asia, Buenos Aires ha resultado ser un estupendo lugar de vacaciones y una fabulosa cura de desintoxicación ambiental. Me siento aquí como en casa, de hecho me recuerda mucho a la Lisboa de mi infancia: ligeramente caótica, de grandes avenidas despejadas, tórrida, multiracial, tradicional, abigarrada, solemne, monumental, trepidante, y con un delicioso runrún de cosa antigua y valiosa. Cambian los fados por los tangos, pero es una cuestión de consonantes, la verdad. Mis vacaciones están llegando ahora a su fin, y la página vuelve a tener vida.
Cementerios
Siempre me han gustado los cementerios. Cuando era niño, nos mudamos a una casa al lado de un cementerio solemne y de tapias cubiertas de musgo, en el brumoso Padrón. La casa tenía todos los ingredientes para amargar la infancia a cualquiera -en la planta baja había una bodega que apestaba a vinazo, las ventanas de atrás daban a una pocilga de jabalíes que gruñían y olían a caca, la calle era anodina y gris, el barrio sin vida, teníamos un salón sólo para visitas al que no se podía entrar y no había calefacción central-, y sin embargo en ella pasé momentos muy felices, tal vez porque en aquella época no sabía nada de la vida.
En mis paseos por Buenos Aires a la espera de que llegue mi moto en un buque de carga desde Asia, me topé con La Recoleta, un lugar ambivalente en el que la eclosión de vida de los parques y jardines se encuentra de frente con un delicioso cementerio de tapias blancas, que como casi todas las cosas en Buenos Aires, es un espectáculo en si mismo. Los turistas se pasean entre las tumbas con un plano en la mano, y deambulan por las estrechas calles manadas de muchachitas góticas haciéndose fotos con las estatuas de las parcas. Dentro de los mausoleos, se pueden ver los ataúdes al aire, y en algunos de ellos el calor y la humedad han reventado la madera y se asoman las cajas interiores de hierro galvanizado pudriéndose al sol.
Corrientes
La palidez del amanecer empieza a despuntar tras la figura ascética del Obelisco, que recuerda vagamente a la silueta envarada de un personaje del Greco recortada ante nubes pálidas. Apenas hay tráfico a esta hora de la madrugada. Cinco o seis niños duermen, trémulos, sobre las rejillas de ventilación del metro, que resoplan sobre sus cuerpos vaharadas de aliento caliente y seco semejante al bufido de una fiera mansa y muy grande oculta en las entrañas de la tierra. Los enormes anuncios de neón parpadean iluminando el cruce con tonalidades engañosamente atractivas. La cornisa de un edificio está ocupada por una banda azul que brilla con gran intensidad dando los titulares del día. Un inmenso cartel de McDonalds preside todo, observando con indiferencia el enorme cruce de calles. Hay otra decena de cuerpos diseminados como hojarasca por el suelo durmiendo sin ton ni son alrededor del Obelisco. Su ropa es ocre, gastada, bajo la cabeza han puesto sus macutos como almohadas y se han hecho un ovillo de tal forma que no puedes distinguir sus caras morenas. Parecen los despojos de una fiesta de muertos vivientes.

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Tras practicamente nueve meses dando tumbos por Asia, Buenos Aires ha resultado ser un estupendo lugar de vacaciones y una fabulosa cura de desintoxicación ambiental. Me siento aquí como en casa, de hecho me recuerda mucho a la Lisboa de mi infancia: ligeramente caótica, de grandes avenidas despejadas, tórrida, multiracial, tradicional, abigarrada, solemne, monumental, trepidante, y con un delicioso runrún de cosa antigua y valiosa. Cambian los fados por los tangos, pero es una cuestión de consonantes, la verdad. Mis vacaciones están llegando ahora a su fin, y la página vuelve a tener vida.
Cementerios
Siempre me han gustado los cementerios. Cuando era niño, nos mudamos a una casa al lado de un cementerio solemne y de tapias cubiertas de musgo, en el brumoso Padrón. La casa tenía todos los ingredientes para amargar la infancia a cualquiera -en la planta baja había una bodega que apestaba a vinazo, las ventanas de atrás daban a una pocilga de jabalíes que gruñían y olían a caca, la calle era anodina y gris, el barrio sin vida, teníamos un salón sólo para visitas al que no se podía entrar y no había calefacción central-, y sin embargo en ella pasé momentos muy felices, tal vez porque en aquella época no sabía nada de la vida.
En mis paseos por Buenos Aires a la espera de que llegue mi moto en un buque de carga desde Asia, me topé con La Recoleta, un lugar ambivalente en el que la eclosión de vida de los parques y jardines se encuentra de frente con un delicioso cementerio de tapias blancas, que como casi todas las cosas en Buenos Aires, es un espectáculo en si mismo. Los turistas se pasean entre las tumbas con un plano en la mano, y deambulan por las estrechas calles manadas de muchachitas góticas haciéndose fotos con las estatuas de las parcas. Dentro de los mausoleos, se pueden ver los ataúdes al aire, y en algunos de ellos el calor y la humedad han reventado la madera y se asoman las cajas interiores de hierro galvanizado pudriéndose al sol.
Corrientes
La palidez del amanecer empieza a despuntar tras la figura ascética del Obelisco, que recuerda vagamente a la silueta envarada de un personaje del Greco recortada ante nubes pálidas. Apenas hay tráfico a esta hora de la madrugada. Cinco o seis niños duermen, trémulos, sobre las rejillas de ventilación del metro, que resoplan sobre sus cuerpos vaharadas de aliento caliente y seco semejante al bufido de una fiera mansa y muy grande oculta en las entrañas de la tierra. Los enormes anuncios de neón parpadean iluminando el cruce con tonalidades engañosamente atractivas. La cornisa de un edificio está ocupada por una banda azul que brilla con gran intensidad dando los titulares del día. Un inmenso cartel de McDonalds preside todo, observando con indiferencia el enorme cruce de calles. Hay otra decena de cuerpos diseminados como hojarasca por el suelo durmiendo sin ton ni son alrededor del Obelisco. Su ropa es ocre, gastada, bajo la cabeza han puesto sus macutos como almohadas y se han hecho un ovillo de tal forma que no puedes distinguir sus caras morenas. Parecen los despojos de una fiesta de muertos vivientes.
























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