Salí a dar una vuelta!

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  • Renan Xavier
    Fazedor de Chuva
    • Jul 2011
    • 404

    #16
    Webcast: la bahía donde naufragaron los piratas

    Como no tenía nada más que hacer en Ciudad de Panamá salvo esperar, decidí acercarme a la playa. No tenía más indicaciones que las que veía en el mapa, pero decidí que aquello sería lo suficientemente bonito como para entretenerme unos días al sol. La carretera estaba despejada, y en sus márgenes la vida se hacía notar en forma de pueblecitos ruinosos y paisajes verdes y frondosos trufados de flores carnosas y los lagos mansos que recordaban a manchas de mercurio salpicadas en medio de la maleza. Panamá me recordaba cada vez más a una Cuba ligeramente más próspera. Todas las guías advertían de que Colón es una ciudad a evitar por sus altos índices de delincuencia, y como no me apetecía especialmente sacar el spray de pimienta, enfilé rumbo a la costa noreste, a un pueblo con el prometedor nombre de Portobelo.
    La ruta de repente se encuentra con el Caribe y empieza a torcerse y a describir enrevesadas curvas justo al borde del mar. Enormes palmeras a ambos lados de la carretera, playas del tamaño de un pañuelito, gigantescos árboles cubiertos de lianas, rostros morenos que se giraban con curiosidad algo fatigada al verme pasar, mariposas grandes como platos que se precipitaban ante el casco, ocasionales cangrejos de pinzas desproporcionadas saludando mi paso como pequeños fans enloquecidos, sapos globosos e hinchados como balones de fútbol chapoteando en los charcos del camino. Llegué a Portobelo, un pobladito diminuto de casas sucias y viejas encastrado al fondo de un puerto natural acogedor y defendido por fuertes en ruinas. La muchacha que atendía la decrépita oficina de turismo, vigilada por un maniquí negro de papel manché de aspecto algo siniestro, se limitó a masticar chicle con indiferencia y decirme con un acento muy cerrado que para conseguir alojamiento podía ir tanto hacia adelante como hacia atrás. Eso hice. Pronto me di cuenta de que los precios aquí no tienen nada que ver con los del resto del país. Me decidí por un pequeño hotel con un muelle mohoso y modestísimas habitaciones colgadas directamente a ras de mar. Cuarenta y cinco dólares, y no hubo manera de bajar de ahí. Los precios de las comidas eran tan altos que rescaté mi táctica de avituallarme en el supermercado como había hecho en Francia, un año atrás. No me extrañó lo más mínimo descubrir que la historia de Portobelo estaba íntimamente ligada con los piratas.



    Portobelo, que hoy cuenta con menos de tres mil habitantes y agoniza de asco al borde de un mar turbio y más bien poco apetecible, fue uno de los puertos más importantes de la época colonial. Descubierto por Cristobal Colón en su cuarto viaje a las Indias, el puerto contaba con una bahía natural muy profunda que lo hacía ideal para embarcar el oro peruano rumbo a España. Así, los conquistadores crearon una ruta mulera que atravesaba medio continente, para concluir en la gigantesca aduana de Portobelo -todavía en pie desde el XVI, aunque poco le falta para desplomarse- donde se dice que estuvo alguna vez la tercera parte de todo el oro del mundo. En su época de apogeo, Portobelo acogía ferias mundiales que duraban más de un mes. Su Cristo negro era adorado con devoción. Un innumerable rosario de notorios piratas asediaron sus fortificaciones: Henry Morgan, al mando de una enorme flota de barcos y 450 corsarios, el sanguinario Edward Vernon, e incluso el famosísimo Francis Drake, que murió de fiebre en su bahía. A partir del siglo XVIII, Portobelo fue cayendo en el abandono y hoy es un agónico pobladito sobrevolado de cerca por pelícanos rollizos grandes como pterodáctilos y amenazadoras aves catártidas negras como el carbón.

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    • Renan Xavier
      Fazedor de Chuva
      • Jul 2011
      • 404

      #17
      La tercera metamorfosis de Fefa

      ¿Le hase fotografíah a loh últimoh diabloh rojoh?- preguntó el hombre limpiándose las manos de grasa en un trapo que parecía la tripa de un carroñero prehistórico.
      - Bueno, en realidad vengo a convertir mi moto en un diablo rojo.
      El tipo levantó la mirada y descubrió a la Fefa delante del taller del artista decorador que había encontrado casi por casualidad a mi regreso de la inhóspita región de Darién.
      - ¿Eso qué eh lo que eh’?- preguntó fascinado.
      El día anterior me había parado en el fondeadero de autobuses que había divisado cuando iba de camino a Darién. Siempre que preguntaba a un conductor de autobús sobre dónde le habían decorado el vehículo, recibía respuestas más bien difusas, pero la consigna parecía ser que había que visitar un garaje donde fueran a parar todos al final de su ruta. Así que detuve la moto en aquel lugar que recordaba un campo de batalla y me acerqué a un grupo de hombres ociosos que me observaron con curiosidad desde sus sillas hundidas en el fango. Intercambiaron expresiones de desconcierto cuando supieron lo que estaba buscando, pero al fin uno se levantó, eufórico.
      - ¡Rolando! ¡uté tiene que vel a Rolando!



      Decorar a la Fefa con su nuevo look caribeño llevó cerca de tres horas y media de trabajo de dos personas. El coste de la operación fueron cuarenta dólares. Rolando resultó ser un tipo de pulso de acero, afable, algo perezoso y con gran talento con el aerógrafo. Lleva veintisiete años decorando camiones. Un día un tipo lo vino a buscar a su colegio -tenía catorce años- y se lo llevó a su taller. Y desde entonces no ha parado de dibujar Harry Potters, Jesucristos, Justin Beavers, hijos y madres de conductores, Gardfields y figuras mitológicas sobre fondos de castillos medievales. Lo que hizo en las maletas fue un compendio de muchas técnicas, desde el dibujo a mano alzada al encintado, pasando por todo tipo de artimañas para dibujar degradados. Mientras decoraba a Fefa, cantaba canciones de los Hombres G -todavía recordaba los conciertos que habían dado en Panamá- y bromeaba con el incesante trajín de visitantes que se pasaban por su taller a charlar, verlo dibujar, o simplemente guarecerse bajo su tejado de chapa de la tremenda tormenta tropical que caía casi eternamente aquella tarde.
      Sobre si Fefa está más guapa… yo diría que está espectacular. Pero claro, para gustos colores.

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      • Renan Xavier
        Fazedor de Chuva
        • Jul 2011
        • 404

        #18
        Del Tapón de Darién a los volcanes de Nicaragua: La esmeralda palpitante

        La perra, un adefesio purulento y cubierto de costras, se puso a gemir lastimeramente como una puerta vieja que chirría. La intentaba violar con hastío un macho viejo, de testículos pelados como dos bolsitas de cuero pardo, que babeaba ligeramente y lo contemplaba todo con un único ojo adormilado y legañoso. Hacía un calor pastoso, denso, casi palpable, precursor sin duda de una tormenta de proporciones épicas. Intenté beber la Mirinda, pero una decena de moscas se habían aposentado en la boca de la botella, y no parecían muy interesadas en abandonar el festín. Hace sólo un año habría tirado la bebida. Hoy, simplemente pasé la mano para limpiarla un poco y eché otro trago con indiferencia. Se oían, a lo lejos, las vuvuzelas ciclópeas de una tormenta. A la pobre perra se le podían contar las costillas. No paraba de gimotear, cada embestida del macho era recibida con un chillido agónico y largo como un atardecer. Empezó a llover, y la imagen de los perros copulando tristemente se hizo todavía más patética. El macho dejó de zarandear la pelvis un instante y husmeó al aire. Su ojo derecho estaba oculto tras una enorme cicatriz caprichosa y áspera como una zanja, que le cruzaba la cara desde la frente a la quijada. Lluvia, lluvia y más lluvia. Los cielos se abrieron con fuerza, chisporroteaba la tromba sobre el tejadillo de zinc. El propietario chino del pequeño supermercado donde me había parado a guarecerme de la tormenta contó un fajo de billetes por enésima vez, mientras observaba de reojo un concurso de bailes de salón en el televisor, pequeño como un sello, que le hacía compañía. Contar los billetes era su tic. Lo hacía regular y mecanicamente.



        En la Isla de Ometepetl, Nicaragua
        Día 417 de viaje. 33ºC. Rerereleyendo Justine, del Marqués de Sade

        El Tapón de Darién había sido tal quebradero de cabeza que sentía la necesidad de ir a conocerlo en persona. Había estado leyendo todo tipo de informaciones contradictorias relacionadas con presencia de guerrilla, poblados indígenas, fango, bestezuelas salvajes y controles militares de todo tipo y sentía que debía ir y contarlo. Así que el morro de Fefa apuntó hacia el este y, sin que sirva de precedente, retrocedí en mi periplo dirección a Colombia. Los primeros kilómetros del trayecto fueron extraordinariamente aburridos: a ambos lados de la carretera, salpicada de enormes y desconcertantes baches del tamaño y forma de cráteres lunares, anodinos campos de cultivo, hileras infinitas de bananeros, y vacas chepudas de aspecto sumamente estúpido. Pero entonces la jungla hizo acto de presencia. A mi alrededor, empezaron a chisporrotear las plantas, que estallaron al fin como fuegos artificiales: racimos prietos de troncos y ramas explotaban y se dividían exponencialmente: de un tronco salían cuatro ramas, de las cuatro dieciséis, de las dieciséis, sesenta y cuatro. Cada sesenta y cuatro ramas propagaban doscientas cincuenta y seis que a su vez albergaban mil veinticuatro hojas verdes, jugosas y crocantes, levantando al cielo sus puntas como lanzas ávidas de luz. Los árboles y los arbustos empezaron a devorar la carretera, formando una pared vertical de vida, y un techo frondoso que apenas dejaba pasar los rayos débiles del sol. Las plantas multicolores que agonizan en macetas de las casas de media Europa aquí parecen gigantes enardecidos: costillas de Adán del tamaño de catedrales, troncos de Brasil gruesos como muslos, racimos de heliconias que parecen ciudades enteras brillando cegadoras entre la maleza.



        Y empezaron los controles militares. Muchachitos vestidos de caqui, soldaditos de plomo parando coches, haciéndose los importantes, y simulando investigar la carga de los pickups y los documentos de los sudorosos viajeros de los diablos rojos. En cada control, un cartel en el que un mulato ufano y sonriente declara, pulgar en alto, “yo ya me he desmovilizado: gracias a las ayudas del gobierno he dejado las armas y tengo casa propia y un trabajo con el que sostener a mi familia”. Hace calor, calor y más calor. Y amenaza lluvia una vez más. He descubierto que hay acá dos tipos de lluvia: la que cae fina y eterna todo el día sobre el lomo de la selva, y la que se ve venir desde lo lejos y se desmorona en tromba violenta durante media hora y luego desaparece de forma abrupta como se presentó.

        Llego a un pequeño pueblo llamado Meteti donde un soldado en ropa de camuflaje me recomienda que me aloje en un hostalucho que parece un almacén o una fábrica de perfiles de aluminio. Ceno en un restaurante chino -lo único que hay abierto aquí- donde la comida es tan nauseabunda que roza el límite de lo tolerable. Me tumbo en la cama, completamente desnudo y cubierto de una fina película de sudor. Escucho los sonidos de la selva tras las mosquiteras oscuras. El cielo está encapotado y ha engullido a la Luna y a las estrellas. Sólo hay negrura, como una cortina de terciopelo, más allá del círculo de luz que arroja el hotelucho. Las gotas de lluvia resuenan sobre las enormes hojas de las plantas como golpeteos de una orquesta de tamboriles. Chirrian, rumian, canturrean y gimen todo tipo de pájaros e insectos desconocidos refugiados impunemente en la espesura negra. Intento identificar distintos animales en la fenomenal cacofonía, pero no lo consigo. Hay literalmente miles de idiomas paralelos improvisando una sinfonía fabulosa: ululares, chillidos, pitidos, carracas, cucúes, alaridos, gañidos, hipos, carraspeos, gemidos, trompeteos y chasquidos. Los sonidos extraterrenales me van adormeciendo poco a poco y mi propia conciencia se disuelve con el palpitar profundo de la selva que me rodea.



        Un empujón más y llego al Tapón. Las guías de viaje lo habían descrito como una calle mortecina en la que cuatro o cinco casuchas languidecen a la espera de su definitiva disolución espontánea en una montañita de polvo. Pero no es así. La calle principal desemboca en un pequeño puerto de hormigón y barro en el que un grupo de militares aguardan a embarcar en una canoa de madera con capacidad para quince o veinte personas. Hay un gran jaleo causado por los estibadores espontáneos que están transportando fardos y piñas de plátanos desde el río a una decena de pickups aparcados en el lodo. Cuatro o cinco jangadas más surcan a toda velocidad el torrente de color chocolate con dirección a ninguna parte. Una gran lona de PVC atornillada en un arbol ofrece una recompensa de 200.000 balboas por información que conduzca a la detención de cuatro secuestradores-narcotraficantes-guerrilleros. Las calles de Yaviza tienen una actividad que, para este lugar del mundo, podría considerarse frenética. Me siento a refrescarme en un pequeño bar con terraza que da a la calle principal. Ante mi, un colmado en el que se venden bidones, pulseras, gafas de sol, fundas para machetes y baterías de coche. La presunta camarera, una mulata rolliza con cara de nada, se me queda mirando desde su silla.



        Paso fugazmente de nuevo por Ciudad de Panamá para someter a Fefa a un lavado de imagen y prosigo rumbo al oeste.

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        • Renan Xavier
          Fazedor de Chuva
          • Jul 2011
          • 404

          #19
          Costa Rica, primera edición

          El final de Panamá es anodino de nuevo: parece que el país no puede ofrecerme ya más novedades. Paso la frontera muy tarde, casi coincidiendo con la puesta de sol. Alrededor de la aduana se agolpan decenas de paupérrimos centros comerciales atiborrados de productos chinos de pésima calidad, que se venden más baratos de lo normal porque el pueblo puede comerciar sin impuestos. El laberinto de tienduchas de electrónica cutre e imitaciones de perfumes y zapatillas de deporte rebosa de público que mira pero no compra. Dentro hace un calor de mil demonios, y siento la necesidad de apartar a todo el mundo a ostias para salir por pies de ese atolladero. Caigo a trompicones en Costa Rica. Cambiar de país es un fastidio, cuando te habías acostumbrado a la dinámica de uno has de aprender las reglas del siguiente: sus precios, el aspecto de sus cajeros automáticos, el estado de sus carreteras, la cortesía de sus conductores, o cómo se llaman las cosas. En Costa Rica lo primero que aprendo es que los hoteles se denominan cabinas y los restaurantes sodas. Y que los precios duplican los de sus vecinos.



          Me sigue sorprendiendo lo mucho que cambia el mundo al otro lado de una línea imaginaria trazada por los hombres. Al pasar de Panamá a Costa Rica, aparecieron las flores. A millares. Emergían por doquier a ambos lados de la carretera, en las suaves lomas de césped de las cunetas, en las ventanas de las casas, en sus patios, colgando de los árboles y brotando espontaneamente en los tejados y la espesura de la selva. Dormí como un niño en un motel de carretera y, al día siguiente, descubrí que Costa Rica es mucho más frondosa que el tramo más exhuberante de Panamá. Aquí la selva es como un enorme útero jugoso, el país es una vagina latiente, húmeda, recubierta de humores y burbujeante de vida. Selva y más selva brota, mana, explota y se extiende a ambos lados de la carretera. Mariposas del tamaño de platos de té revolotean sobre la carretera y se cuelan en el casco. Iguanas de un rabioso verde fluorescente se cruzan en mi camino y salen huyendo al verme avanzar. Pequeños titíes, rápidos como un rayo, saltan de las ramas de los árboles y emergen de la espesura los coaties husmeando el cielo con sus hocicos curiosos. Bandadas de pájaros negros como el carbón se disputan la supremacía de los cielos haciendo un ruido ensordecedor. Es un vergel tan denso que adormece los sentidos y desafía la capacidad de las pupilas. Una gema que palpita. Aquí la selva, además, huele densamente. Huele a sexo, un olor profundo, gaseoso, casi comestible, acre, denso, pesado, embriagador y jugoso. Después de las lluvias de la tarde ese olor se hace más penetrante y sutil, más afrutado y armónico, como si los perfumes de todas las plantas convivieran en una acorde cósmico mezclados y entrelazados con los gases de la atmósfera y el ozono de la tormenta.
          Momentos de Costa Rica



          Cabeceo suavemente evitando los baches y al dar una curva me encuentro con una estampa inolvidable: un hombre gordo, montado a caballo, con la camisa abierta mostrando su tenso vientre cubierto de sudor, tira fuertemente de una cuerda arrastrando una vaca gigantesca de enorme chepa. Un perro voluminoso y lanudo ladra fuertemente a la vaca, intenta morderla, y la vaca amaga una cornada. Detrás, otro jinete tira de otra cuerda intentando dominar al animal. Es una estampa racial, primitiva y salvaje. Los dos hombres, con el rostro contraído por el esfuerzo, sudan y se retuercen para reducir a la enorme vaca, sus caballos piafan nerviosos, y el perro lanza bocados a los cascos de la fiera encordada y pega saltos imposibles para evitar la cornada.

          El mundo desde la moto me está regalando permanentemente estampas así: destellos inesperados de la vida de otras personas que se vuelven eternos en mis pupilas. Esa campesina alzando sobre su cabeza un cántaro pesado, la muchacha que ríe a carcajadas en la cabina de teléfono, la pareja que se besa furtivamente en la barandilla de un puente, los gemelos que pelean por una pelota, la anciana que extiende una sábana en el pasto, el hombre rudo apoyado en su pickup, los párvulos izando la bandera en el patio de la escuela, las hordas interminables de ejecutivos correteando por las aceras. Todos forman parte de una estampa global de este mundo extraño y contradictorio que recorro.



          Un lector de la web me ha regalado la ruta que debo seguir. Paso muy fugazmente por Costa Rica para ahorrar. Ha sido ya inoculada con el veneno del gafapastismo, así que los hoteles duplican y triplican los precios por llamarse Lodge, Spa, Inn, Eco, Boutique o cualquier combinación de esos elementos. La carretera que bordea la costa muestra playas de arena negra y cantos rodados, de un mar cálido y umbrío, rodeadas de una densa espesura de palmeras y plantas selváticas. Como voy a volver por el lado del Caribe, no siento demasiado remordimiento al cruzar el país en tres días. Son tres días hermosos, con la perpetua amenaza de la lluvia densa cerniéndose sobre mi cabeza y el borrón verde de la selva inundando el pequeño mundo. Sólo me falta soñar también cuando duerma.



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          • Renan Xavier
            Fazedor de Chuva
            • Jul 2011
            • 404

            #20
            Hacia los volcanes de Nicaragua

            La frontera de Nicaragua es genuinamente surrealista. Nada más llegar, el suelo se convierte en un lodazal y un enjambre de conseguidores rodean a Fefa y señalan a todas partes intentando desorientarnos. Todos ellos se ofrecen a engrasar mi papeleo. Uno de ellos se pone especialmente pesado.



            - ¿Tengo pinta de no saber pasar una frontera, hermano? – le pregunto finalmente, mosqueado.
            - Acá es más difísil.
            - ¿Qué va a ser difícil? Control de pasaportes, control de aduana, fin del asunto.
            - Ah, si eh tan fásil pueh adelante- me contesta enigmáticamente. Eso me pone en alerta roja, así que entablo conversación con una pareja de moteros que llevan unas custom chinas a las que han pegado pegatinas de Harley Davidson. Visten integramente de cuero, llevan cadenas colgando, y en general se esfuerzan bastante por parecer fieros y despiadados. Ellos sí han pagado a un conseguidor, aunque el muchacho no parece demasiado eficiente. Me entero de que hay que conseguir un seguro, fotocopias del carnet de conducir, del permiso de circulación y del pasaporte. Los moteros me guardan el turno en la cola y yo corro bajo la lluvia a buscar un sitio donde hagan fotocopias. Lo encuentro pasando una valla mortal que vaticina un poco cómo será el país que me voy a encontrar a continuación. Nada más pisar territorio nicaragüense, salta sobre mi una nueva remesa de conseguidores agitando los brazos. Corro hasta la jurásica fotocopiadora ignorándolos a todos.



            - Sólo córdobas, señor- dice impertérrita la muchacha del mostrador. Sólo moneda local. Salgo al exterior con un billete de cinco dólares y lo agito sobre mi cabeza.
            - ¡¡¡CAMBIO!!! ¡¡¡CAMBIOOOOOO!!!-grito a la muchedumbre. Aparece un tipo orondo que se lleva mi billete y me realiza la peor conversión del mundo.
            El hombrecillo que me vende el seguro viene a recibirme a la puerta de su kioskito, rellena formularios con una torpeza que haría chillar a una estatua de bronce y me indica que tengo que pagar una tasa de noséquécojones en el local de enfrente. Más tarde descubriré que en Nicaragua hay que pagar tasas de noséquécojones practicamente en todas partes y por cualquier cosa. Abono la tasa religiosamente, y ahí me indican que antes de proseguir tengo que fumigar la moto, para evitar la propagación de la avalancha de enfermedades que provienen desde Costa Rica en la inmaculada y aséptica Nicaragua. Así que monto sobre Fefa bajo el chaparrón, y la llevo a efectuar una fumigación completamente inútil que se disuelve bajo la lluvia en cuanto la aplican. Otra tasa de noséquécojones para el fumigador y retorno al control de pasaportes. No se ha movido nadie allí. Los moteros radikales me saludan con gran alegría. Uno de ellos está obsesionado con la Blackberry, y dice que está llamando a noséqué ministro de Honduras para que lo cuelen. Parece que el ministro se le resiste.



            El funcionario que me sella el pasaporte una hora después me indica que debo abonar otras dos tasas de noséquécojones en su ventanilla. Me extiende los recibos y me dice enigmaticamente que ahora debo buscar al policía. Busque al policía. Una rápida consulta a varios individuos en uniforme revela que el policía se ha ido a comer, así que aparco a Fefa bajo un tejadillo de chapa y me siento a charlar con los moteros radikales. Pasa una hora. Y media. Aparece por fin el policía mascando un palillo.
            - Quiero una fotocopia del pasaporte, otra del permiso de circulación, otra del carnet de conducir-. Lo dice con sorna, como si estuviera acostumbrado a encontrarse con gente que no está preparada para ese momento. Se los extiendo ante sus narices, y los contempla desilusionado. Firma, sella, cuña y me manda a pagar una tasa de noséquécojones a otra ventanilla que está en la otra punta de la aduana. Llevo ya cuatro horas parado en aquel lugar cubierto de fango y devorado por las moscas. Tras pagar la tasa y recibir un papel a cambio, retorno a la caseta de mi amigo el policía. Firma, sella, cuña y me anuncia por fin que me puedo marchar. No me lo creo.



            Empaqueto mis cosas, me subo a la moto, busco una salida entre los escombros, las vallas de alambre y los edificios de oscuro propósito. Allá, allá al fondo parece que hay algo así. Corro hacia la luz al final del túnel, un tipo me pide la documentación, revisa que todo está en orden y levanta la barrera. Y entonces se interpone ante mi otro sujeto, me da el alto, y me dice muy serio:
            - Tiene que ir ahí a abonar la tasa del ayuntamiento.
            Empecé a reirme como un tonto. Estuve riendo a carcajadas mientras pagaba la tasa de noséquécojones, mientras me volvía a subir a la moto bajo la lluvia, mientras me despedía del desconcertado hombrecillo, y mientras recorría los treinta kilómetros que me separaban de San Jorge, el puerto al borde del Gran Lago de Nicaragua donde tomaría un ferry para visitar la isla de los dos volcanes.



            Sin ser tan exhuberante como Costa Rica, Nicaragua empezó a gustarme más desde el primer kilómetro. Llegué a un pueblecito apacible al lado de una terminal de ferries bastante ajada y, a la mañana siguiente, descubrí que la bruma se había disipado sobre el lago que tenía delante de mi habitación y, en la lejanía, se perfilaban las siluetas gemelas de los dos volcanes de la Isla de Ometepetl -dos montañas, en lengua náhuatl-. Fefa y yo nos subimos al ferry -una chalupa oxidada que transportaba todo lo que necesitaban las 35.000 personas que habitaban la isla- no sin antes abonar una tasa de noséquécojones y pasamos una hora y media contemplando cómo los volcanes se iban acercando, amenazadores. Uno de ellos, el Concepción, humeaba copiosamente. Al desembarcar, como era de esperar, apareció otro tipo en el camino solicitando su tasa. La pequeña población que me recibió me recordó vivamente a Nepal: una agrupación de hostalitos baratos adaptados al gusto occidental: plumcakes, tortitas, wifi, letreros anunciando cosas orgánicas, light y telefonía IP. Al abandonar la isla, al día siguiente, tras un precario viaje en el techo de una canoa mugrienta que se abombaba peligrosamente bajo el peso de Fefa, enfilé rumbo a una preciosa ciudad colonial de casitas de colorines y calles empedradas atestadas de carricoches de caballos. Granada. La otra Granada, claro. Ahí Nicaragua empezaría a conquistarme de verdad.

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            • Renan Xavier
              Fazedor de Chuva
              • Jul 2011
              • 404

              #21
              León y Granada, las joyas de Nicaragua

              Nicaragua tiene un quéseyó-yoquésé que hace que sus calles, sus gentes y sus estampas sean cinematográficas, plásticas y muy reconocibles. Es una sorpresa de país, complicado y con conflictos internos por resolver, pero con una personalidad arrolladora. Esto unido a un presupuesto muy ajustado me ha hecho quedarme un par de días más de lo que esperaba, disfrutando de los decorados de película de sus dos ciudades coloniales por excelencia, Granada y León.



              Granada es una sorpresa escondida en un rinconcito en la ribera del enorme Lago Nicaragua. Lleva ahí desde hace quinientos años, y bien poco parece haber cambiado desde entonces. Sus casas de juguete, pintadas cada una de un color, el enlosado de ajedrez de sus calles, los engalanados carricoches de caballos en la plaza mayor y las procesiones espontáneas hacen de este lugar algo delicioso en el que se respira una sensación especial. Su aire colonial y provinciano cala en los huesos y te hace sentir que formas parte de un estado de gracia que pocas ciudades me han sabido transmitir. Cuando ya me habían embriagado sus calles multicolores, descubrí el mercado, un conglomerado de barracas arracimadas sobre una montaña de estiércol. Desde la Asia profunda no veía uno tan pintoresco, vocinglero, vibrante y asombroso.

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              • Renan Xavier
                Fazedor de Chuva
                • Jul 2011
                • 404

                #22
                Sin moto, sin pasaporte y perseguido por la Interpol, por gilipollas

                La truculenta novela policíaca que estoy a punto de contar comienza hace más de un año, cuando mi conseguidor ruso intentó tramitar mi visado ante el consulado de Moscú en Madrid. El cónsul rechazó mi pasaporte con la suavidad y dulzura características de los funcionarios soviéticos porque, al parecer, estaba un poco maltratado. Mi conseguidor -para obtener el visado de la Federación Rusa es conveniente contratar a uno salvo que seas masoquista- me llamó por teléfono para darme la mala noticia.
                - El vicecónsul cogió tu pasaporte y lo rompió delante de mis narices -dijo con cierta languidez, como si fuera lo más normal del mundo.

                Lo siguiente que recuerdo es mirar cariacontecido mi viejo pasaporte en el despachito del conseguidor ruso. Era un tipo larguirucho, afable y despierto que se había casado, en apariencia, con una rusa de despampanante y gélido porte con la que llevaba una agencia de viajes y de trámites de todo tipo con la opaca administración de Moscú.
                - Pues no lo ha roto tanto- comenté.
                - Ya, bueno, lo que hizo fue pegar un tirón a las hojas y despegar el pegamento.
                - A mi este pasaporte me valdría- respondí.
                - Ya, a mi también, pero están bastante quisquillosos ultimamente.
                Es fácil adivinar qué ocurrió con ese mancillado pasaporte: Se fue de cabeza al fondo de una de mis maletas. “Por si acaso”, pensé, imbécil de mi, “por si me roban o pierdo el otro”. Gilipollas.



                ******

                La embajada de los Estados Unidos en Ciudad de Panamá es un fastuoso conglomerado de jardines y edificios faraónicos de hormigón a las afueras de la ciudad, en un barrio de ostentosas casas bajas y centros comerciales caros. Esa mañana llovía copiosamente. Corrí bajo la lluvia mientras observaba a un coatí que rumiaba algo bajo un magnolio. Esperé algo así como dos horas a que cantaran mi número. Me presenté ante una aburrida oficinista panameña que observó con mirada valorativa las fotos de carnet que había traído y me comentó que como tenía pelo ante la frente, no podía reconocerme con claridad y que tanto podría ser Carol Wojtyła como Don Pimpón pero, en todo caso, resultaba sospechoso en grado sumo de pertenecer a una secta xenófoba importadora de frutas. Que fuera a hacerme otra foto en la que se me viera la frente, parte de la cara imprescindible para ser reconocido sin margen de duda. Por si era imbécil o incapaz de entender mi propio idioma, me enseñó además a modo de ejemplo un gráfico preparado a tal efecto en el que se mostraba una cara con la frente descubierta. Corrí bajo la lluvia hasta unas furgonetas que se encontraban aparcadas delante de los portones de la embajada, saludando a mi paso al coatí. Ahí podías conseguir -a precio de donación de órgano- cualquier servicio que pudieras necesitar, desde una fotocopia a un asesor legal, pasando por un masaje o una Pepsi. Me sentaron delante de una lona bastante manoseada, me hicieron una foto en la que obviamente parecía un terrorista afgano a punto de apretar un detonador, me cobraron diez dólares por imprimirla, y volví a la embajada con el ánimo un poco más revuelto que cuando me desperté esa mañana. El coatí seguía allí.
                La foto fue admitida por la adusta funcionaria, que me invitó a esperar otra hora más. Finalmente, cantaron mi número y me dirigí a mi entrevista con un hombre de aspecto pulcro, pelo cortado al cepillo y ojos de color acero que se protegía del mundo exterior tras una mampara sólida como una roca. Supuse que me preguntaría sobre mis planes de practicar genocidio narcótico con frutas pero no fue tan directo. Se interesó por mi desastrosa situación económica, sobre si tengo familia en Estados Unidos que me acoja para trabajar ilegalmente en la industria de la prostitución o la importación ilegal de bananas, y luego me invitó a que me sentara a esperar un diagnóstico. Me di la vuelta, me dirigí a mi asiento, y en ese momento ocurrió algo TERRIBLE que dio un vuelco COMPLETO a mi viaje.
                - Mister Barrio, por favor, ¿puede acercarse a la ventanilla?- indicó con voz metálica y marcado acento.
                Me planté delante de él e hice ojitos. Observó un momento la pantalla del ordenador, levantó la cabeza, y me hizo la siguiente pregunta toqueteándose la corbata para disimular su turbación:
                - ¿Usted ha… reportado este pasaporte… como perdido o robado?
                Y como soy un necio, un burro, un adoquín, un babieca, patoso, pazguato, ceporro, gaznápiro y palurdo, contesté con cara de no haber roto un plato en mi vida:
                - No.
                Y eso desató la cólera de la Interpol.


                A la izquierda, la foto hecha bajo la lluvia, en la que parece que voy a matar a Obama con una fruta. A la derecha, la foto proscrita en la que es imposible reconocerme, según la funcionaria de turno.

                En la embajada de Estados Unidos me tuvieron esperando del orden de cinco horas entre cuchicheos y miradas mordaces y me hicieron regresar al día siguiente entregándome un papelito que decía “Please note that your request for a noninmmigrant visa has been suspended under the section 221 (g) of the Immigration and Naturalization Acts of the United States. Your application is subject to administrative processing.” La traducción de esto es: “Eres sumamente sospechoso y te vamos a mirar con lupa hasta el agujero del culo. Vuelve mañana”. A la mañana siguiente -el coatí ya no estaba allí, me dio cierta pena porque sentía que empezábamos a congeniar- me explicaron que estaban investigando la situación irregular de mi pasaporte y que tendría que comunicarme con mi embajada, porque algo raro le ocurría y había grandes posibilidades de que estuviera planeando practicar la prostitución magnicida con frutas de contrabando en territorio estadounidense.
                Acudí a la mañana siguiente muy temprano al consulado de España en Panamá. Muy de andar por casa. Es un edificio algo vetusto que se aburre en el centro de la ciudad, rodeado de puestos de comida y de murgas que, por las noches, montan una escandalera descomunal con bombos, tambores y clarines hasta que la tormenta tropical las barre de la faz de la tierra. Me recibió un guardia de seguridad armado hasta los dientes con pulseras y anillos como para lastrar al Titanic, un corcho en el que se podía obtener información sobre las actividades de los diversos sindicatos de funcionarios, y un cartel que me pedía que si venía a tratar el tema de la Memoria Histórica, tendría que volver el jueves. Viva España, cohone.

                Bueno, en honor a la verdad debo reconocer que esta última parte del diálogo es ficticia. Prosigamos. Creo que ha quedada clara mi absoluta estupidez a lo largo de todo este proceso, pero me gustaría ahondar un poco más en ella. Me fui a pensar al frescor artificial de la habitación de mi hotel y llegué a las siguientes conclusiones:

                1.- Necesitaba un nuevo pasaporte, porque tarde o temprano éste me daría problemas.
                2.- No podía esperar un mes en Panamá viendo secar la pintura de las paredes.
                3.- Si no podía tramitar el visado de entrada en USA en menos de un mes, no podría tampoco ir a ese país, básicamente porque no puedo ir dilatando mi viaje alegremente meses y meses y meses, dado que tanto mi cuenta bancaria como mi paciencia y la de las personas que me quieren tienen límites.
                4.- Las embajadas de Estados Unidos y de España mostraban la flexibilidad de una viga de hormigón.
                5.- Llevaba cuatro días en Panamá y el país ya se me estaba cayendo encima.

                Así pues, tomé una decisión muy muy difícil: renunciaría a Estados Unidos. A recorrer la Ruta 66, a vestirme de Elvis en Las Vegas, a unirme a una protesta de la Iglesia de Westboro Baptist Church, a inflarme de hamburguesas de Wendy’s, a visitar a los Roloff, a bailar en un honky-tonky disfrazado de cow-boy, a escuchar mi eco en el Gran Cañón, a asistir a un partido de béisbol, a fotografiar a Fefa ante el Grauman’s Theater, a recitar Poeta en Nueva York ante el puente de Brooklyn. Pero lo que es peor, no iría a ver a mi hermanita americana (***) y no conocería a mis sobrinos estadounidenses. No era un drama irresoluble, al fin y al cabo había estado en USA cinco veces ya: simplemente solicitaría un pasaporte nuevo en Panamá y, mientras tanto, cogería mi pasaporte presuntamente robado o extraviado y emprendería un incierto paseo hacia el norte, por paises sin tanta informatización o paranoia fronteriza. Llegaría a Mexico, daría la vuelta una vez inflado de tacos y enchiladas, y regresaría a Panamá para recoger mi nuevo pasaporte y continuar el rumbo al sur. Lelo, estúpido, mamón, idiota.

                Todo fue muy bien durante un tiempo. Mi pasaporte y yo vivíamos un apasionado romance de carretera. No me fallaba, siempre estaba ahí cuando lo necesitaba. Nos mirábamos con ojitos tiernos, ambos partícipes de un secreto inconfesable, guardando las apariencias ante una despiadada humanidad que desaprobaba nuestro romance. Crucé a Nicaragua, de Nicaragua a Costa Rica, de Costa Rica a Honduras, de Honduras a El Salvador. Ningún problema. Siguiente, siguiente, siguiente, siguiente. Gilipollas. Cada vez estaba más envalentonado con mi pasaporte robado o extraviado. Hasta que llegué a la frontera entre El Salvador y Guatemala. La funcionaria me miró sonriendo forzadamente, y me dijo “un momentito, polfavó”. Se levantó y se largó con mi documentación. Luego me invitó a sentarme en una cabina de cristal. Se produjo una pequeña fiesta de funcionarios revoloteando alrededor del ordenador, hicieron varias fotocopias cloqueando como gallinas, me dieron explicaciones absurdas, confusas y contradictorias, me miraron sospechosa y retrecheramente. Y por fin apareció el Jefe.

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                • Renan Xavier
                  Fazedor de Chuva
                  • Jul 2011
                  • 404

                  #23
                  Centroamérica, viaje de ida

                  Contrariamente a lo que pudiera parecer, surcar Centroamérica es tarea sencilla: Una vez te acostumbras a la monotonía de la comida -con sus omnipresentes plátanos, frijoles, tortilla y arroz-, al calor sofocante, a las duchas de agua fría y a los aguaceros tempestuosos, los países se suceden como trepidantes regalos para los sentidos. La efervescencia verde de la selva, el plomo azur del mar bajo cielos de estaño, los animales de aspecto extraterrestre cruzando fugazmente la carretera, los baches de proporciones titánicas, las ciudades deliciosamente decrépitas, el rosario de volcanes de chimeneas humeantes y los vehículos multicolores ronroneando sobre el asfalto mojado y agrietado.



                  Extenuante, pero bello, este es mi viaje de ida por la palpitante Centroamérica. A través de la costa pacífica de Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras y El Salvador, este es un viaje muy especial con el aroma denso de los aminoácidos de la selva, del salitre áspero del Pacífico, de las cocinas humeando a pleno sol, de la tierra mojada tras la lluvia, del asfalto derretido bajo los neumáticos de los camiones, de las frutas de mil colores, de los hoteluchos por horas para practicar sexo presuroso, y de la naturaleza en estado puro echando un pulso a los hombres.

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                  • Renan Xavier
                    Fazedor de Chuva
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                    • 404

                    #24
                    Las personas que no pueden ser amadas

                    Recordé vivamente los últimos momentos de Fefa. Murió del mismo modo en que había vivido: Sin estridencias. Tras tres días de renqueos y de estertores, se apagó para siempre. Me quedé mirando el rostro feo y contraído de aquella mujer con una lágrima furtiva asomándose en el rabillo de mi ojo. A mi alrededor reinaba una paz palpitante, la de las ciudades que duermen pero respiran y siguen vivas, latentes. Seguí mirando la pantalla del ordenador, en el que la mujer lloraba y balbuceaba. Es curioso como funciona el alma humana. Muchos años después, tantos kilómetros atrás, y mi cerebro empezó a rememorar por si solo aquella llamada que recibí a las seis de la mañana como si la hubiera recibido ayer.
                    - ¿Es usted familiar de Josefina Diéguez?- preguntó una mujer anónima.
                    - Sí, soy yo.
                    - Es para avisarle que su familiar ha entrado en pre-agonía.
                    - Pues recemos para que termine pronto. Muchas gracias.
                    Y colgué. Llevaba tres días esperando esa llamada y no pude sentir más que alivio. Me esperaba un día largo y aparatoso: conseguir billetes de avión, llamar a mis tíos, a mis abuelos, a mamá, llevar a Vaca al hotel de perros y tranquilizar a mis clientes. Había dado mi teléfono de contacto al ser el único de mi familia capaz de estar localizable las veinticuatro horas. Bajé trastabillando hasta el ordenador para empezar a organizarlo todo. Mientras me desperezaba ante la cafetera, una vez más, me pregunté qué estaba sintiendo Fefa en aquel momento, en la cama ajena y aséptica de la UCI, si es que todavía era consciente de algo. Era una mujer religiosa. ¿Tendría miedo de vérselas cara a cara con Dios? Yo estaría aterrado ante esa posibilidad, pero también lo esperaría con ansia.



                    En Yucatán, Mexico
                    Día 445 de viaje. 46ºC. Leyendo Un millón de piedras, de Miquel Silvestre

                    Como casi cada noche, me había tumbado en la habitación del hotel y me había puesto a ver un programa de televisión enlatado. Lo hago con frecuencia antes de dormir. Luego escucho un programa de radio en el ordenador, y desaparezco hasta la mañana siguiente. En mi vida anterior era un desgraciado insomne que se alimentaba de teletiendas de madrugada, pero desde que salí a dar una vuelta parezco Graógraman, el león que se convertía en piedra cada noche en La Historia Interminable. Había elegido casi al azar un programa en el que una experta actuaba de mediadora en comunidades de vecinos conflictivas. El tema central giraba en torno a una mujer madura, abandonada, desquiciada y lesbiana, cuyas batallas campales con su pareja traían de cabeza a toda la escalera. Era una mujer de respiración agitada, mirada huidiza y perdida, cabellera grisácea y revuelta, grandes verrugas en la nariz, pose contrahecha y caderas amorfas. Apenas incapaz de comunicarse con coherencia, reaccionaba como un animal acosado a lo que la rodeaba. Nada más verla en pantalla, recordé a mi tía abuela Fefa.
                    Fefa nació en el seno de una familia rural en la Galicia de la postguerra, lo que quiere decir que sus primeros treinta años de vida transcurrieron en el medievo. Un padre ausente y emigrado a América, una poliomielitis infantil que la dejó coja, jorobada, casi manca y en consecuencia soltera de por vida, un hermano que la odiaba por tener que sacarla a bailar en las romerías de verano. Así creció Fefa, sintiéndose un estorbo, apenas un animalillo medrando entre el estiércol, las vacas, las eras, el polvo del camino. Los años erosionaron su alma hasta convertirla en una mujer de roca, dura, indómita, arrebujada en si misma. Su forma de expresar afecto era agreste y tosca como ella misma. En lugar de querer, bromeaba. En lugar de acariciar, golpeaba. En lugar de sonreír, mostraba una mueca de rencor triste y pálida. Fefa amaba a su modo, pero se había convertido en una persona que no podía ser amada.
                    Sus últimos años de vida los pasó voluntariamente recluida en una residencia de ancianos. Íbamos a verla cuando podíamos, y siempre se repetía el mismo ritual: Nos esperaba desparramada como una montañita de gelatina temblorosa en una silla en la entrada del asilo, mirándolo todo con ojos inquisitivos. Nos paseaba entre las mesas exhibiéndonos como trofeos ante sus compañeros y luego -sólo sus herederos, mi tía María y yo, el resto debían quedarse esperando abajo- la acompañábamos a su habitación.

                    Aterricé en Galicia con una leve sensación de fastidio, justo a tiempo para el entierro. El móvil sonaba sin parar: Los clientes no estaban del todo satisfechos con mi desaparición apresurada. Nunca antes había lidiado con una funeraria, y me sorprendió que todo estuviera tan altamente organizado a golpe de teléfono. Mientras en el interior de la pequeña iglesia de Callobre tenía lugar la misa ante media aldea, me senté a contemplar los campos de labranza que se extendían hasta más allá del horizonte, enmarcados por enormes robles centenarios cubiertos de musgo. Era una mañana linda, y los jirones de bruma se evaporaban perezosa y suavemente sobre las lomas recién cultivadas. En aquellas mismas tierras había pasado Fefa casi ochenta años de vida. ¿Qué habría sentido en sus últimos momentos? ¿Se habría arrepentido de sus pecados o estaría en paz consigo misma? ¿habría sentido un vértigo atroz al acercarse al abismo? ¿habría sido feliz con lo poco que le había dado el destino? ¿habría sido consciente de que se había convertido en una persona que no podía ser amada? Salió el féretro, portado con desgana por los empleados de la funeraria, mientras el tonto del pueblo hacía tañir la campana con tanto entusiasmo como si estuviera a punto de producirse el Juicio Final. Nadie lloró. Un albañil enfundado en un mono azul, subido a una escalera, tapió con ladrillos el nicho. Y ahí dejamos a mi tía abuela Fefa para toda la eternidad, seguramente todavía enfundada en el pijama de papel del hospital.



                    ******

                    El GPS me había estado liando un poco, pero por fin aterricé ante la puerta de los Olivares, en una colonia tranquila y retirada de Mexico DF. Mi amistad con Renata viene de muchos años atrás, cuando ambos coincidimos en Boulder como estudiantes de intercambio. Ella es seguramente la persona más entusiasta y alegre que conozco, pero lamentablemente se había trasladado a vivir a Madrid, algo que no me impidió ir a molestar a su familia, que casi es la mía. Salió a recibirme su padre, al que saqué inmisericordemente de una siesta. En cuanto hube pisado el quicio de la puerta, se empezaron a producir una serie de acontecimientos de los que no fui dueño: se materializó auténtico jamón ante mi, mis ropas entraron en la lavadora y aparecieron dobladas y perfumadas minutos después, mis deseos más banales empezaron a cumplirse como si se los hubiera pedido a un genio de una lámpara, y una extraña sensación de hogar comenzó a sedimentar en mi interior. Llevaba una lista de tareas a cumplir muy heterogénea -arreglar una cremallera de una chaqueta, hacer la colada, visitar Xochimilco, cantar El Rey con un grupo de mariachis en la Plaza Garibaldi, recibir un paquete de 2TMoto con juguetitos nuevos, y conseguir ruedas nuevas para la Fefa-. La familia entera se volcó en asistirme para que todo se cumpliera en los tres días que decidí quedarme en su casa. Cada vez me sentía más y más culpable porque esa gente estaba posponiendo sus quehaceres y su rutina diaria para abastecerme, de un modo tan generoso que me iba dejando desarmado, hasta que decidí dejarme querer.



                    Días en Mexico DF en familia

                    Y así transcurrieron, sin tregua, los tres días en DF. Cada día que pasaba, afloraba en mi un sentimiento mayor de envidia al comprobar lo mucho que se querían entre ellos, y lo alta que estaban en la jerarquía de sus valores los sentimientos de amistad y de vínculo familiar. Muchas veces me he sentido un psicópata por tener estos valores muy alejados de mi epicentro personal, y mi visita a los Olivares me hizo reflexionar mucho sobre ello, en la soledad de la atalaya que me habían preparado en la habitación más alta de la casa, lejos de los ruidos del vivir. ¿Tenía que pasar más de un año solo para darme cuenta de eso? Quizá estemos aquí para esto, para convivir, para ser felices juntos, para tolerar nuestras locuras y procurar el bien de los más cercanos. Esta gente viaja para ver a sus amigos y a su familia, no para descubrir una Ítaca lejana. Toma prestado el mundo a sus hijos, no se lo presta a ellos. Ahorra para cuidar al otro, y no para darse un lujo innecesario. Vive para ayudarse entre ellos a medrar, y no para medrar en si mismo. En un mundo en el que los valores al alza son el éxito a cualquier precio y el individualismo atroz, reconforta y emociona descubrir a gente así.

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                    • Renan Xavier
                      Fazedor de Chuva
                      • Jul 2011
                      • 404

                      #25
                      En Mexico

                      La cremallera quedó arreglada, la visita a Xochimilco transcurrió en un ambiente festivo delicioso, canté a voz en grito El Rey, mi ropa quedó reluciente, y Fefa recibió sus zapatos nuevos. Sólo faltaba por llegar el paquete de 2TMoto. Lo habían enviado desde Madrid veintiún días atrás, y UPS no paraba de enviarme mensajes contradictorios por email con instrucciones completamente crípticas que parecían haber sido escritas por una sepia. Al llegar a la casa de los Olivares, descubrí que llevaban una semana asediando cinco veces al día al Servicio de Atención al Cliente de la empresa de mensajería. Cuando no era un problema con aduanas, era con logística. Cuando no decían que había que pagar veinte pesos de impuestos, había que pagar mil. Y siempre, la conversación terminaba igual: “Mañana se libera y se lo enviamos a casa”. Me sentí un millón de veces culpable por haberles enviado semejante problema involuntariamente. Decidí que lo mejor que podía hacer era salir hacia Cancún y cambiar la dirección de destino allá, en la vana esperanza de que el paquete llegara antes que yo. Me estaba poniendo las botas cuando sonó el timbre y apareció el empleado de UPS con el bulto. No me podía creer que todo se hubiera resuelto tan eficazmente. Nos hicimos una foto triunfal ante el paquete, y salí en dirección al paraíso.



                      Al contrario de lo que pudiera imaginar, Mexico es muy frondoso, al menos toda la parte sur. Al entrar en Chiapas, me sorprendieron unas tormentas apocalípticas que regaban generosamente paisajes frondosos y selváticos. Luego, poco a poco, en Oaxaca, el horizonte cambió en apenas cuatrocientos kilómetros, y apareció el primer cactus. También vi algo que había casi olvidado en todo Centroamérica: el horizonte. Cuando la selva revienta a ambos lados de la carretera, es fácil perder la noción de la perspectiva, todo está apiñado sobre el asfalto. En cambio, al adentrarme en las lomas de Puebla, trepando por un puerto de más de tres mil metros, emergieron las primeras calvas en las montañas, y millares de cactus altivos en formación erizaban sus puntas a un cielo nuboso y amenazador. Por lo tanto, cuando salí de DF, me esperaba practicamente cualquier cosa, pero sobre todo el desierto pelado que todos imaginamos cuando pensamos en México. Nada más lejos de la realidad, lo que hallé fue un país frondoso y literalmente tomado por las mariposas. Las había a millares, revoloteando como espíritus del aire en formaciones imposibles sobre la carretera, levantando el vuelo azaroso al paso de la moto, reventando por decenas contra el casco con un golpe seco y sonoro. Yo, que suelo llevar abierta la visera, me encontré con que explotaban como estúpidos kamikazes y me llenaban la cara y los labios de humores correosos y polvo etereo, redefiniendo así la expresión “beso de mariposa”. El olor de los insectos reventados era acre, amago y decididamente vegetal dentro de mi casco.



                      Me maravillan los gustos que esconde cada plato que pruebo. Al igual que en el sudeste asiático, cualquier puesto de comida misérrimo alberga una eclosión de sabor, pero aquí todo está envuelto en una sabanita de tortilla de maíz. Me hago adicto a los antojitos, pequeños restaurantes de una sola plancha regentados casi siempre por una mujer olivacea de sonrisa zalamera. La más modesta cocina es un regalo para los sentidos. El omnipresente chile, las salsas de colores rabiosos, los tamales melosos, los tacos delicados, las enchiladas grasientas, las tortas crocantes y preñadas, la correosa cochinita, los frijoles de sabor amargo y seductor, las aguas de mil sabores -tamarindo, arroz con leche, hibisco, piña-.
                      Las lomas suaves y monótonas de Puebla dieron paso a la exhuberante Veracruz, con sus campos ubérrimos rebosantes de ganado vacuno y especies vegetales marcianas. Me encontré cara a cara con el Caribe. Y con pueblos lindos de muchos colores. Veracruz, Tlacotalpan, Catemaco, todos con casas polícromas y colgados de la jugosa teta de un lago, de un río, o del mar. De Veracruz pasé a Tabasco, un estado tan especiado como la salsa. La carretera bordea el mar. Las playas están desiertas, y la ruta juguetea con albuferas flamígeras en las que hacen cabriolas los delfines y se precipitan en picado los pelícanos como adustas aves prehistóricas. Los pueblos son modestos y tranquilos, y la carretera me preparó así para el hermosísimo Campeche, el frontispicio del Yucatán. Es un estado de ampulosas colinas y playas níveas y desiertas, tórrido y caótico pero decididamente bello, de una belleza primitiva y lineal, exhuberante y limpia.



                      Al final de Campeche y comienzo de Yucatán, me alojé en un hotel tristón que sin duda había visto tiempos mejores. Una pequeña piscina de agua lodosa se me antojó irresistible tras la jornada tan larga y tórrida. A pesar de que unas nubes negras como el carbón amenazaban tormenta, nadé distraidamente entre hojas muertas y ranas algo alteradas. El agua estaba fresca y resultaba deliciosamente reconfortante. Me abandoné largo rato a mis pensamientos, hasta que los truenos dieron paso a unas gotas grandes como puños. Las gotas pronto se convirtieron en una tromba. Me quedé parado en medio de la piscina, levantando los brazos al cielo mientras era azotado por la lluvia tropical. Era una sensación extraña, salvaje y primitiva. Seguí levantando los brazos y empecé a cantar a voz en grito:
                      - ¡¡¡¡CON DINERO, SIN DINERO, HAGO SIEMPRE LO QUE QUIERO, Y MI PALABRA ES LA LEY!!!!!!!
                      El recepcionista del hotel me observaba con alarma desde su garita. Era quizá el único huésped de aquella cochiquera. Los truenos se sucedían con gran estruendo, y el viento azotaba las testimoniales palmeritas raquíticas que agonizaban en la orilla de la piscina. Seguí cantando con los brazos en alto hasta que el frío me venció y entré en la habitación, que se había quedado sin luz. Me lavé la cara y me miré cuidadosamente en el espejo, iluminado debilmente por la luz grisacea y fantasmagórica del atardecer, que se colaba a través de un ventanuco cubierto por una mosquitera tan inútil como sucia. Como otras muchas veces, divisé en mi propio rostro el reflejo débil del fantasma de Fefa. Aparece sólo fugazmente, como un trémulo destello de una lampara de aceite a punto de agotarse. Los genes son algo extraordinario. Hay algo en mi de esa mujer contrahecha y asimétrica, frágil y soberbia, árida pero tierna, dura pero indefensa, algo que no se sabe muy bien qué es, pero que no podría arrancarme aunque quisiera hacerlo. Está en mi cara, en mi cuerpo, en mis manos, en el aire que expiro, en el olor de mi cuerpo, en mi mirada. Es una presencia incorpórea pero real, impregnada en todas las células de mi ser. Seguí mirándome al espejo, con pequeñas gotas de agua resbalando por mis mejillas hasta el mentón y reflexioné: Esta huida mía hacia adelante, este viaje inclemente con los que me querían… ¿no me hará pagar un precio demasiado alto?
                      Puedo vivir con el hecho de haber tirado por la borda mi profesión, con que mi cuenta corriente esté enflaqueciendo día a día, con que mi cuerpo se encorve por tantas horas quemadas en el sillín de una moto, incluso con la anestesia para las cosas hermosas provocada por verlas a diario. Estoy cumpliendo el sueño de mi vida y puedo vivir con todo eso, pero… soy un hombre que ha ido dejando atrás a gente con demasiada despreocupación. De todos los que un día me quisieron, apenas tres o cuatro me siguen escribiendo ya, y sólo un par de personas -aparte de los incombustibles papá y mamá- me tienen presente de veras. Para el resto, aparentemente, he desaparecido de la faz de la Tierra, y no los culpo: lo que es verdaderamente heroico es que alguien me siga queriendo después de esta huida hacia delante. ¿Quién me querrá, pues, cuando haya vuelto? ¿estaré condenado a la soledad por mi osadía de salir a dar una vuelta? ¿me estaré convirtiendo poco a poco, con cada kilómetro que hago rumbo a Ítaca, en otra persona más que no puede ser amada?

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                      • Renan Xavier
                        Fazedor de Chuva
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                        • 404

                        #26
                        Un millón de topes

                        - ¡¡¡¡SEÑOR FABIÁN, LE ESTÁN ROBANDO A LA FEFA!!!- gritó una voz mientras me aporreaban la puerta con gran estrépito. Yo estaba desnudo y medio comatoso, aprovechando las caricias de un ventilador bastante eficaz que pendía algo precariamente encima de mi cama. Pegué un salto acrobático, me enfundé las bermudas y una camiseta, me golpeé el meñique del pie muy dolorosamente contra una pata de la cama, cojeé dando saltitos y lloriqueando hasta la puerta, y la abrí apresuradamente. Un tipo corpulento de unos veinticinco años y rasgos amerindios me sonrió desde el quicio, mostrando una dentadura impecable como las teclas de un piano. Llevaba el pelo largo recogido en una coleta y un extraño collar de cuentas colgado del cuello.



                        - ¿Cómo que la están robando?
                        - ¡¡SOS UN CAPO!!
                        - ¿Eh?
                        - ¡¡SOS UN CAPO!!- repitió Juan sonriendo más todavía. Por un momento, pensé que Mordomo se había materializado de alguna forma. Fefa. Capo. Ese tipo leía mi web. No, no estaban robando a la Fefa. Juan la había reconocido en el garaje del hotelucho en el que me alojaba y no podía creerse que el loco de Salíadarunavuelta estuviera pasando la noche en la misma pensión que él. Juan es un aventurero intrépido -mucho más de lo que pueda soñar ser yo- de Bolivia, que está cruzando América dando tumbos en una moto de 125 centímetros cúbicos que da ascopena verla. Él subía cuando yo estaba bajando, y habíamos coincidido en Cancún. Estuvimos charlando hasta las tres de la madrugada en el tórrido recibidor del hotel, bebiendo una deliciosa agua de Jamaica y riendo como niños. Su moto -llamada Chapchosa de etnia muy complicada de reconocer- estaba siendo reparada de la quincuagésima avería del mes en un taller, que llamaremos económico por ser benevolentes, a las afueras de Cancún. Me ofrecí a llevarlo a la mañana siguiente a reencontrarse con Chapchosa. Quedamos a las diez de la mañana porque el taller cerraba a las doce.
                        - ¡¡SOS UN CAPO!!- dijo a modo de despedida agitando una mano muy grande.
                        A las diez llamé a su puerta, con puntualidad británica.
                        - ¡¡¡Voy, aguarda un momentito!!- contestó desde el otro lado. Bajé a la recepción y estuve haciendo tiempo hasta las diez y media, hora en que volví a subir hasta su puerta.
                        - ¡¡¡Voy, aguarda un momentito!!- volvió a decir con el mismo tono. Me senté en una silla de publicidad de Coca-Cola que languidecía en el pasillo oscuro lleno de puertas anónimas. Se oía el sonido de una telenovela bastante estridente que fluctuaba desde alguna de las habitaciones a mi derecha. Un mosquito del tamaño de un trasatlántico se interesó por mi oído derecho y pasó instantáneamente a mejor vida de un manotazo certero. Pasaron veinte minutos. Me decidí a llamar hasta que abriera la puerta y me diera una explicación.
                        - ¡¡¡Voy, aguarda un momentito!!- chilló desde el otro lado.
                        - No aguardo nada, abre la puerta, que te cierran el taller.
                        - ¡¡¡Voy, aguarda un momentito!!
                        - ¿Qué pasa, eres una grabación o qué…?
                        - ¡¡¡Voy, aguarda un momentito!!
                        - Abre la puerta de una vez.
                        Silencio. Qué tipo tan raro. Llamé de nuevo. Volví a llamar. Llamé otra vez. Finalmente, se produjo un ruido de muelles rechinando, y unos pasitos acercándose a la puerta. Juan abrió vacilante. Estaba en calzoncillos, con el pelo completamente revuelto y los ojos legañosos.
                        - Pero… ¿no te has levantado? – le recriminé.
                        - ¿Qué hora es? -preguntó claramente dormido.
                        - Son casi las once, llevo una hora llamándote.
                        - ¿¿¿LAS ONCE!?!? ¿¿POR QUÉ NO ME LLAMASTE ANTES!!
                        - Llevo una hora llamando.
                        - AY AY AY AY AY.
                        Resulta que el tipo era sonámbulo o algo parecido. Se puso como pudo el mono y salimos corriendo del hotel rumbo a su taller. En el camino, un enorme todoterreno negro intentó hacerme parar de todos los modos posible, y en su interior se agitaron manitas pálidas y cámaras de fotos. Supuse que me conocían de algo. Lo dejé atrás a toda velocidad, con la certeza de que nos cerrarían el local, algo especialmente dramático porque era sábado por la mañana, y Juan no estaba por la labor de esperarse un fin de semana para recuperar su moto. En un semáforo, oí una voz profunda:
                        - ¡¡¡ESA FEFA!!!
                        Era otro coche de turistas. Aparentemente, en esta ciudad me conoce todo el mundo. Miré el reloj: No había manera de pararse ahí. Hice un gesto de complicidad a los lectores anónimos de la web que me saludaban desde su vehículo y zumbé dirección al taller. Era una especie de zulo costroso a las afueras de Cancún, de cuyas paredes ennegrecidas colgaban todo tipo de piezas grasientas. Un vejete escurridizo y delgado como un folio cerraba ya el portal cuando llegamos derrapando, dos minutos antes del mediodía. Chapchosa era un montón de chatarra oxidada hecha de piezas rescatadas de otras motos heroicas. Uno de esos milagros que se ven circulando por las carreteras de aquí. Por unos segundos consideré la opción de continuar con Juan por esos mundos de Dios, pero luego la desestimé: Soy un lobo solitario, y Juan además parecía llevar una ruta más bien azarosa, sin un rumbo determinado, algo que a mi me pone de los nervios. Nos dimos un abrazo gigante y prometimos seguir en contacto hasta el resto de nuestros días.

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                        • Renan Xavier
                          Fazedor de Chuva
                          • Jul 2011
                          • 404

                          #27
                          De cómo se repara una moto con un cortauñas primero y un bastoncillo de oídos después y se siente uno un ninja

                          Allí no había mucho más que ver. Aquello podía perfectamente ser Lanzarote o Phuket. Me monté en la Fefa y me dirigí a conocer la Riviera Maya. La Riviera Maya es un despropósito artificial de 130 kilómetros de longitud, al sur de Cancún, con más de cincuenta hoteles de clase internacional, que ofrecen cerca de veinte mil habitaciones al turista ávido de playa y de luna de miel paradisíaca. Una inmensa e impecable carretera de cuatro carriles bordea el Caribe -que sólo se huele-. Cada pocos kilómetros se ofrece una atracción irresistible: cenotes mayas convertidos en piscinas, Auténticas Aventuras Selváticas -con el riesgo completamente controlado y el número adecuado de orquídeas plantadas cada pocos metros-, gigantescos hoteles-ciudad con todo incluido de los que no tienes que salir en una semana si no quieres, parques acuáticos en los que son torturados delfines cautivos obligados a nadar con turistas adiposos a cambio de un par de sardinas.



                          La Riviera Maya concluye en otra península alargada y paradisíaca, la Punta Allen. Descubrí que la zona está poblada por hotelitos pequeños y de dispar encanto enclavados en plena playa, y seguí carretera abajo hasta que se acabó el asfalto. Un hombre en un puestecillo dependiente de algún organismo oscuro para la defensa de la naturaleza se dedicaba a cobrar una tasa simbólica a los pocos turistas que se adentraban por el caminucho de baches y tierra prensada que, de forma bastante prometedora, se adentraba en la península. Detuve la moto, aboné la tasa, fui advertido de que el camino estaba en muy mal estado, y a continuación, la moto se negó a arrancar de nuevo.
                          La temperatura rondaba los cuarenta y algún grado. Unas enormes nubes oscuras vaticinaban una tormenta próxima. Estuve un buen rato accionando el arranque, hasta que quedó claro que lo único que conseguiría así era gastar batería. Volví a detener la moto y me bajé, siendo estudiado con interés de analista bursátil por el cobrador de la caseta, parapetado tras un cigarro unos metros más allá.
                          Decidí en primer lugar cambiar el regulador de voltaje. Llevo siempre uno de repuesto, desde que en Grecia la moto me dejara tirado a los pies mismos de un monasterio ortodoxo. Desplegué con gran aparato mis herramientas, desmonté la cacha derecha de la moto, cambié el regulador, y procedí a arrancar. Nada.
                          El cobrador de la caseta se acercó a mi y se me quedó mirando desde la sombra de un banano. Le devolví la mirada, empapado en sudor.
                          - Van a ser las bujías- le dije.
                          - A mi ya me paresía- contestó.
                          Refunfuñando, desmonté el depósito de la moto y saqué una de las bujías. Estaba bastante perjudicada. Extraje otra, que se encontraba en condiciones similares. Será el clima. Busqué en el interior de la caja de herramientas un pequeño trocito de papel de lija que siempre me acompaña para limpiar los bornes y favorecer el chispazo, pero como era de esperar, no estaba allí. Rumié, mientras un enorme escarabajo pasó volando con el estrépito de un helicóptero. El cortauñas japonés. Tengo un cortauñas galáctico que compré en Japón y que recuerda vivamente un tren bala. Ese cortauñas tiene una pequeña lijita incorporada. Saqué el cortauñas del neceser, y con muchísimo cuidado, procedí a la limpieza de las bujías. Ni que decir tiene que la moto arrancó a la primera, con un sonido rotundo y poderoso y un parpadeo de intermitentes bastante burlón.




                          La carretera que discurría en la Punta Allen al borde del mar era nefasta y bastante monótona: a ambos lados, enormes arbustos impedían ver absolutamente nada, por lo que en apariencia me encontraba en un tubo vegetal. Enormes reptiles somnolientos se cruzaban ante mi con un pequeño impulso suicida, y extraños buitres oscuros rondaban el cielo distraídos. El mar aparecía muy fugazmente entre la maleza. Las playas aquí no son privadas, pero toda la línea de costa sí lo es, con lo que entrar a bañarse era tarea complicada. No obstante, aprovechando un resquicio entre dos fincas, logré pisar la arena y darme un buen chapuzón en el agua más limpia, cálida, transparente y bella que he probado en mi vida. Los nubarrones que se iban agrupando cada vez más amenazadores sobre mi cabeza me hicieron replantearme la situación y salir de allí a toda velocidad, rumbo al pequeño caos cotidiando del interior del país.

                          Hacía un calor de mil demonios y el cansancio estaba venciéndome. Por increíble que parezca, me quedé dormido sobre el manillar un par de segundos, por lo que decidí parar en una cuneta inmisericorde donde había algo parecido a un poco de hierba sobre la que tumbarme. El ciego sol, la sed y la fatiga. Polvo, sudor y hierro. Me tiré al lado de la moto, vestido con el mono de cuero y el casco puesto para protegerme de las culebras que sin duda acechaban por las inmediaciones, aprovechando una débil sombra de un arbol leñoso y retorcido e inundado de plantas colgantes. El sol ganaba terreno poco a poco y pronto inundó por completo mi posición. Oía mi respiración pesada dentro del casco y sentía enormes gotas de sudor brotando de mi frente y de mis pómulos. Los insectos revoloteaban a mi alrededor, analizándome por si empezaba a pudrirme. Me llegó, de repente, el inconfundible olor de la caca. Me levanté a toda prisa. En efecto, a escasos metros de mi había un pequeño vertedero espontáneo, donde alguien había dejado un vestigio reciente. Maldiciendo a mi destino y añorando la sombra fresca de un prado verde que, al parecer, está prohibido en esta zona del mundo selvática y complicada, me dispuse a arrancar. Metí la llave y la moto se murió al instante. No es que tosiera, carraspeara, pediera e intentara arrancar, no. Se murió. Por completo. No hizo siquiera ademán de obedecer. Me bajé de ella y me quedé mirándola largo rato sin saber qué hacer, hasta que el efluvio de la caca regresó, esta vez con más protagonismo, lo que me espoleó a intentar algo.
                          Si una moto se muere, ¿por dónde coño empiezas a mirar?. Le di un par de vueltas, rascándome la cabeza. Pensé que quizá se había fundido un fusible, así que me dispuse a desmontar de nuevo la cacha derecha. Saqué las herramientas, las diseminé por todo el polvoriento arcén, mientras mi mundo cada vez màs se iba inundando del aroma de la caca. La llave allen que sirve para abrir la cacha no aparecía por ninguna parte. Cada vez resultaba más difícil pensar, todo mi mundo estaba inundado por el calor rabioso del sol y la caca del colega que se había desahogado unos metros más allá. Zumbido de insectos, sudor, ronroneo de coches pasando a toda velocidad, sienes que palpitan, vista que se desenfoca.
                          - Me va a dar una pájara al lado de esta caca- anuncié en voz alta. Nadie me contestó.
                          Intenté arrancar la cacha con mis manos, logré desprender uno de los tornillos a base de sobarlo, introduje un par de destornilladores para abrirme un hueco suficiente como para ir sacando los fusibles uno a uno y comprobando que todos estaban perfectamente. Podía oir sus chilliditos horrorizados cada vez que los arrancaba de la cajita en la que vivían.
                          - Iiiiih, ihhhh- chillaban los pequeños fusibles con desesperación.
                          - Calláos de una **** vez- contestaba yo.
                          Luego miré la alarma. Ella me miró a mi, tímida y coqueta. Quizá se había fundido la alarma o su fusible, impidiendo el arranque de la moto. Parecía estar bien, pero el olor de la caca y el calor me estaban impidiendo efectuar un diagnóstico más certero. Y entonces recordé un post de Charly Sinewan en el que un propietario de una moto como la mía había tenido el mismo problema, y había estado semanas tribulado hasta que descubrió que los bornes de la batería estaban medio sueltos. Los bornes estaban en la cacha izquierda, seguía teniendo el mismo problema: Sin llave allen no hay paraíso. Toqueteé la cacha hasta que conseguí separarla un poquito. Divisé uno de los bornes, que me devolvió la mirada, burlón, centelleando bajo el sol estival. Intenté alcanzarlo sin éxito. Necesitaba algo para llegar a él, a ser posible que no transmitiera la corriente. Me dirigí al pequeño basurero de la cuneta. Allí estaba la caca, inundándolo todo con su efluvio mortal. Parecía una diva de opera, rechoncha y pagada de si misma, depositada sobre una montaña de papel higiénico absurdamente blanco. Lo único que encontré a mano fue un bastoncillo de los oídos, claramente usado por un orco febril. Me lo llevé hasta la moto, y toqueteé el borne de la batería con insistencia. Sí, el borne estaba medio suelto. Le di unos cuantos masajes con el bastoncillo hasta que pareció trabarse. Probé. La moto se encendió como una campeona. En aquel momento, la caca me olió a gloria bendita.
                          - ¡¡SOS UN CAPO!!- grité a la caca, a modo de despedida.

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                          • Dolor
                            Fazedor de Chuva

                            • Mar 2011
                            • 3250

                            #28
                            Galería: La tensa calma de Jerusalén

                            Visto desde cerca, Israel es un país diminuto, que se atraviesa cómodamente en un solo día. Vistos desde cerca, los detalles infinitesimales cobran una extraordinaria importancia: una alambrada es más que una alambrada. Una túnica es más que una túnica. Y una bandera, mucho más que una bandera. Jerusalén es una de las ciudades más enigmáticas que he visto en mi vida. El llanto de las mezquitas se funde con el de los soldados judíos sollozando armados ante el Muro de las Lamentaciones y con el repicar de las campanas en la misma iglesia donde, según cuenta la tradición, Jesucristo fue flagelado por Poncio Pilatos antes de renquear, por las mismas calles de piedra hoy convertidas en tenderete de feria, hasta el Gólgota.

                            Los más espeluznantes capítulos de la Biblia tienen aquí una ubicación física: el cenáculo, la tumba del Rey David, la puerta por donde Jesús entró, en olor de multitudes, a lomos de un pollino, o la roca que tapó su tumba y que el ángel vestido de blanco desplazó cuando resucitó al tercer día. Todo está tan cerca y es tan real y tangible, que si no hubiera leído la Biblia con un mínimo de espíritu crítico antes de venir, quizá mi ateísmo se habría tambaleado ante los muros eternos de esta desconcertante ciudad.

                            Para llegar a Jerusalén, has de atravesar paisajes áridos y kibutz desconcertantemente frondosos:

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                            El Sinaí

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                            El Sinaí

                            Y finalmente aparece. Y sabes que no es una ciudad cualquiera, porque a ambos lados de las calles sólo ves gente vestida de negro, con sombreros de copa, levitas largas, y larguísimas patillas que recuerdan las cadenitas de lámparas de mesilla de noche. Sorpresa constante. Y no has visto más que uno de los barrios: porque cuando vas descubriendo Jerusalén, llegas a la conclusión de que hay muchos Jerusalenes escondidos. Cada barrio es distinto. El caos del recinto musulmán, el orden casi maníaco del barrio judío, los olores del sector armenio… Y esa espiritualidad, palpitando tras cada piedra, esa colección asombrosa de lugares sagrados.

                            Qué paradoja, que una ciudad tan santa, sea crisol de tanta violencia vana.

                            Comentário

                            • Dolor
                              Fazedor de Chuva

                              • Mar 2011
                              • 3250

                              #29
                              Salí a dar una vuelta!

                              Telón: billete de ida y vuelta a Ítaca

                              Y entonces, el sueño se acabó.

                              Del mismo modo en que había empezado, con el abrazo de quien te quiere, con el inexorable rodar de los neumáticos, con el cielo preñado de nubes.

                              Tanto mundo ahí fuera.

                              Diminuto, indómito, rebosante de cielos cuajados de estrellas, de universos en cada sonrisa, de llantos injustos, de desiertos estrellados, de tupidas selvas y de ciudades de basura o de oropel.

                              Tantos instantes que echaré de menos.

                              Tantos rostros que se quedaron atrás al borde de la carretera.

                              Quisiera que supierais que el Mundo es en verdad un lugar bello, pacífico, sereno.

                              Que la gente es buena.

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                              Foto de Fabián Barrio

                              Que más allá de las imágenes, reflejadas en el espejo de feria de la televisión, de un erial cruel, sangriento y peligroso, nuestro planeta, esa mota azul suspendida en un rayo de luz, es una piedrecita rebosante de historias frágiles y lindas, donde el ser humano es capaz de las más asombrosas grandezas con cada gesto, donde la gente se aferra a la vida e intenta avanzar un día más en paz.

                              Donde siempre te tenderán una mano.

                              Qué lugar tan extraordinario y sereno es el Mundo.


                              Itaca

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                              El sueño al fin se acabó. Quedaron atrás las calles tortuosas de una Europa que desconoce la opulencia en la que vive.

                              Los campos de trigo mecidos por el viento de Anatolia. Las áridas estepas siberianas donde pastan millares de caballos, los montes Urales erosionados y serenos.

                              La belleza prehistórica del Karakorum y el Himalaya.

                              Las muchedumbres apiñadas alrededor de un ídolo en India, los susurros del agua en los campos de arroz de Laos, el Xanadú insólito al final del desierto australiano.

                              El bramar del viento patagónico, la efigie erizada y blanca de los Andes, la llanura reseca de Atacama salpicada de chozas, la esmeralda centroamericana, que estalla de vida en cualquier rincón.

                              Las marismas impenetrables de Darién, las playas de lapislázuli del Caribe, la espesura opaca del Amazonas, el río ancho como un mar que desemboca en el proceloso Atlántico.

                              Las planicies de azafrán de África. Los niños negros pidiendo pan, vestidos con harapos.

                              La mirada altiva de las jirafas. Los baobabs, castigados por su vanidad a vivir con las raíces apuntando al cielo cuajado de estrellas.

                              El valle del Rift que no cabe en el Mundo.

                              El sinuoso Nilo bicéfalo regalando vida en sus márgenes verdes rodeadas de arena hasta donde alcanza el alma.

                              El coqueto Mediterráneo durmiendo bajo nubes de plomo.

                              El sueño, al fin, se acabó.

                              Si pudiera vivir nuevamente mi vida, ¿sería más tonto de lo que he sido? ¿Menos higiénico? ¿Subiría más montañas, nadaría más ríos? ¿Iría a más lugares a donde nunca he ido?

                              Si esa es tu vocación, cúmplela.

                              Sal y viaja.

                              Vive instantes que valen como toda una vida.

                              Enamórate de los mapas y las estampas… y ve a conocer a las Ítacas allá donde estén.

                              ¿Sabes pinzar la cuerda de una guitarra? Entonces, un buen día, sabrás tocar las canciones que quieras.

                              ¿Sabes dibujar una letra? Pues entonces, escribirás un libro.

                              ¿Sabes subir una escalera? Entonces, escalarás una montaña.

                              ¿Eres capaz de dar una brazada? Cruzarás océanos.

                              Si algo puedo decirte después de este despropósito, es que cumplas tus sueños.

                              Confiesa que has vivido, y empieza a cumplirlos hoy.

                              No malgastes el tiempo, porque es el valioso y frágil material del que está tejida la vida.

                              Y, si algún día mi alma me pide que salga de nuevo a dar una vuelta, tendré que llenar de aire mis pulmones, y volver a salir.

                              Porque quienes estamos condenados a perseguir a Ítaca sabemos que no queda más remedio que acudir a su llamada cuando nos seduce con su canto de sirena.

                              Porque ni los lestrigones, ni los Cíclopes, ni el colérico Poseidón encontraré, si no los llevo dentro de mi alma, y no los yergue mi alma ante mí.
                              Última edição por Dolor; 18-06-12, 22:01.

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                              • Dolor
                                Fazedor de Chuva

                                • Mar 2011
                                • 3250

                                #30
                                Final de viagem

                                Com este poema de Konstantínos Kaváfis, um dos maiores poetas da língua grega, baseado na obra de Homero, A Odisséia, que se encaixa em gênero, número e grau com o espírito de aventura que habita os corações dos Fazedores de Chuva, quando dizemos, que o melhor da viagem é quando sabemos que temos para onde voltar, prestamos as nossas homenagens para o Fabián Barrios, que termina a sua viagem, Salí a dar una vuelta, que começou em 22/05/2010 e terminou na semana passada, no dia 09/06/2012, após rodar 120.000 km e visitar 63 países.

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                                VIAGEM A ÍTICA

                                Quando você partir, em direção a Ítaca,
                                que sua jornada seja longa,
                                repleta de aventuras, plena de conhecimento.

                                Não temas Laestrigones e Ciclopes nem o furioso Poseidon;
                                Você não irá encontrá-los durante o caminho, se
                                o pensamento estiver elevado, se a emoção
                                jamais abandonar seu corpo e seu espírito.

                                Laestrigones e Ciclopes, e o furioso Poseidon
                                não estarão no seu caminho
                                se você não carregá-los em sua alma.
                                se sua alma não os colocar diante de seus passos.

                                Espero que sua estrada seja longa.
                                Que sejam muitas as manhãs de verão,
                                que o prazer de ver os primeiros portos
                                traga uma alegria nunca vista.

                                Procure visitar os empórios da Fenícia
                                Vá às cidades do Egito,
                                aprenda com um povo que tem tanto a ensinar.

                                Não perca Ítaca de vista
                                pois chegar lá é seu destino.
                                Mas não apresse seus passos;
                                é melhor que a jornada demore muitos anos
                                e seu barco só ancore na ilha
                                quando você já tiver enriquecido
                                com o que conheceu no caminho.

                                Não espere que Ítaca lhe dê mais riquezas.
                                Ítaca já lhe deu uma bela viagem;
                                sem Ítaca, você jamais teria partido.
                                Ela já lhe deu tudo, e nada mais pode lhe dar.

                                Se no final, você achar que Ítaca é pobre,
                                não pense que ela lhe enganou.
                                Porque você tornou-se um sábio, viveu uma vida intensa,
                                e este é o significado de Ítaca.
                                Última edição por Dolor; 18-06-12, 23:39.

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