Mecanoscrito del Tercer Orígen (I)
Y entonces el sueño acabó. Abrí la puerta de mi casa, acompañado de papá. Nos la encontramos limpia pero sin alma. Recorrí lentamente el largo pasillo de la entrada, reconociendo cada grieta en la pared, cada estantería vacía, cada lámpara. Las plantas del patio habían muerto todas. Observé con una tristeza infinita las jardineras resecas y los cristales ahumados. Mi pequeña selva particular, que tanto había amado y por la que tanto había peleado, era ahora un erial. Ayudé a papá con las bolsas de la compra. Había traído los ingredientes básicos para arrancar una cocina. Desinfectante. Arroz. Fiambre. Atún. Ocupamos la despensa vacía. Arreglamos enchufes. Se fue.
La primera mañana de soledad abrí la puerta del garaje y me enfrenté a un cuarto absolutamente atiborrado de polvo en suspensión, sábanas cubriendo trastos, desolación. Papá se había ofrecido a ayudarme con todo aquello, pero quería hacerlo solo. Reencontrarme con quien fui. Una ruta más en el largo viaje al interior de mi mismo.
Primero aparecieron los cacharros de cocina, espolvoreados de talco. Una a una, fui sacando las cajas del garaje y haciendo un inventario meticuloso. La casa estaba en silencio. Espumaderas, filtros, cortapastas, sifones de espuma, palillos chinos, millares de cuchillos, cuberterías insólitas, vaporeras, licuadoras, chinos, termos, moldes, bandejas refractarias, formas de pasteles recubiertas de telfón, cubiletes medidores, lenguas, espátulas, pinzas, cortadores, varillas, cucharones, una escultural mandolina de acero inoxidable, recipientes de silicona, fiambreras, ollas a presión, batidoras, biberones, sopletes, sartenes del tamaño de un huevo frito, paelleras, coladores, embudos. Lo fui lavando todo en silencio. Cada cosa ocupó su sitio. La cocina quedó impecable. Parecía la cabina de un avión, con sus muebles de metal pulido, su inmensa campana extractora de acero, los estantes atiborrados de exóticos artilugios de oscuro propósito.

Me enfrenté a una sábana cubierta de roña. Partículas de polvo revolotearon en la penumbra del garaje. Debajo, la ropa. No supe cómo empezar a dar forma a todo aquello. Chaquetas, corbatas, pantalones, camisas, camisetas, zapatos, calcetines, calzoncillos. Ropa estampada, ropa lisa y austera, una prenda para cada ocasión. Trajes hechos a medida con olor a naftalina. Jerseys esponjosos con un logotipo ostentosamente bordado en el pecho, que me identificaban con una tribu urbana que había dejado atrás. Decidí depositar la mitad de la ropa en una gran bolsa y donarla. Aunque contaba con una flamante lavadora, seguía utilizando un cubo para lavar mis camisetas. Como cada día en los últimos dos años. Todo ocupó su lugar en perchas. Todo ordenado. Todo simétrico.
Decidí no hacer juicios de valor. Por el momento.
Pasaron los días, encontré las cajas de los libros. Docenas. Empezaron a salir las novelas que tanto me habían hecho soñar. Las guías de viaje causantes de todo este despropósito. Resolví colocarlos sin orden ni concierto en las estanterías. Ya no eran libros. Eran objetos decorativos. Fueron situándose ellos solos en hileras pulcras. Habría allí más de un millar de libros, qué sé yo. Libros inútiles de ilustraciones, libros de esos que se dejan en la mesita del café para entretener a visitas ociosas y que nadie leerá jamás. Novelas densas y alambicadas. Poesía. Historia. Cuentos infantiles, historias eróticas, mamotretos infumables y productos de consumo comprados desapasionadamente en la línea de cajas de un supermercado. Me sentía en cierto modo como si alguien que me conocía sólo a medias me hubiera regalado una vida entera.
Aparecieron mis partituras, mis guitarras, un inútil theremin. Decenas de películas en DVD, juegos de consola, sábanas, útiles de escritorio, destornilladores, pinceles resecos, la vaporeta, un maniquí de un niño desnudo sin brazos que me acompaña desde hace una década. Bajo una lona, como un cadáver reseco de un guerrero con armadura, la hermosa Ducati, flamante como el primer día, vestida de cuero. Pesas de gimnasio, un enorme saco de boxeo, la caja de pinturas al óleo. El colosal iMac, cajas y más cajas de componentes de ordenador, un borroso cuadro pintado por mi adorada abuela Gudelia. Me trajo infinidad de recuerdos de mi infancia: En el lienzo, una callejuela andaluza, un pollino tostado al sol, una mujer vestida de faralaes que se asoma por la puerta encalada de una casa coronada de geranios. En la esquina inferior derecha una fecha: 8-V-1958. Pobre abuela Gudelia, qué pronto se fue, cuantísimo la quise.
Pasé cerca de una semana en la más absoluta soledad, entregado a la labor automática de hacer revivir mi hogar. Apenas sin pensar, hablando conmigo mismo como un loco, cubierto de sudor y de polvo. Cada bolígrafo ocupó su espacio en cada bote, cada estantería volvió a acumular cacharros inútiles. Conté siete moleskines por estrenar. Tres guitarras. Un amplificador, tres auriculares grandes. El Mac cobró vida sin protestar. Barrí la casa seis o siete veces, en un titánico esfuerzo contra los ácaros. No pude enfrentarme a las fotografías, que dejé aburriéndose en cajas de metal. Tampoco quise abrir viejas agendas, ni carpetas de documentos. En un rincón, me esperaban quince notificaciones de Hacienda, no supe qué hacer con ellas. Decidí que si era importante, ya me volverían a contactar o ya me sacarían ellos mismos el dinero del banco.
Finalmente, me senté en un sillón y contemplé mi obra. Un buen rato. Mis ojos recorrieron languidamente los rincones de la enorme casa de un hombre que se esfumó por el camino. Me descubrí aturdido ante el espejo del baño. Me miré largo rato a los ojos. Si estás unos minutos mirándote fijamente, puedes dirigir tu mirada sin que los ojos se muevan. Produce una sensación extracorpórea muy extraña. Observé cada poro, cada cana, cada arruga surgida bajo el sol del desierto, y fui completamente incapaz de reconocerme al cabo de un tiempo.
¿Quién había sido ese hombre de los trajes a medida y los sifones de espuma? ¿quién había sido el que había traído hasta esa enorme casa las pesas de gimnasio, los libros, las guitarras, los espejos de marco labrado, el mueble de tallla asiática, las vasijas de barro de metro y medio de alto, la impresora láser?
Y, lo más importante. ¿Quién diablos era o iba a ser yo ahora?
Y entonces el sueño acabó. Abrí la puerta de mi casa, acompañado de papá. Nos la encontramos limpia pero sin alma. Recorrí lentamente el largo pasillo de la entrada, reconociendo cada grieta en la pared, cada estantería vacía, cada lámpara. Las plantas del patio habían muerto todas. Observé con una tristeza infinita las jardineras resecas y los cristales ahumados. Mi pequeña selva particular, que tanto había amado y por la que tanto había peleado, era ahora un erial. Ayudé a papá con las bolsas de la compra. Había traído los ingredientes básicos para arrancar una cocina. Desinfectante. Arroz. Fiambre. Atún. Ocupamos la despensa vacía. Arreglamos enchufes. Se fue.
La primera mañana de soledad abrí la puerta del garaje y me enfrenté a un cuarto absolutamente atiborrado de polvo en suspensión, sábanas cubriendo trastos, desolación. Papá se había ofrecido a ayudarme con todo aquello, pero quería hacerlo solo. Reencontrarme con quien fui. Una ruta más en el largo viaje al interior de mi mismo.
Primero aparecieron los cacharros de cocina, espolvoreados de talco. Una a una, fui sacando las cajas del garaje y haciendo un inventario meticuloso. La casa estaba en silencio. Espumaderas, filtros, cortapastas, sifones de espuma, palillos chinos, millares de cuchillos, cuberterías insólitas, vaporeras, licuadoras, chinos, termos, moldes, bandejas refractarias, formas de pasteles recubiertas de telfón, cubiletes medidores, lenguas, espátulas, pinzas, cortadores, varillas, cucharones, una escultural mandolina de acero inoxidable, recipientes de silicona, fiambreras, ollas a presión, batidoras, biberones, sopletes, sartenes del tamaño de un huevo frito, paelleras, coladores, embudos. Lo fui lavando todo en silencio. Cada cosa ocupó su sitio. La cocina quedó impecable. Parecía la cabina de un avión, con sus muebles de metal pulido, su inmensa campana extractora de acero, los estantes atiborrados de exóticos artilugios de oscuro propósito.
Me enfrenté a una sábana cubierta de roña. Partículas de polvo revolotearon en la penumbra del garaje. Debajo, la ropa. No supe cómo empezar a dar forma a todo aquello. Chaquetas, corbatas, pantalones, camisas, camisetas, zapatos, calcetines, calzoncillos. Ropa estampada, ropa lisa y austera, una prenda para cada ocasión. Trajes hechos a medida con olor a naftalina. Jerseys esponjosos con un logotipo ostentosamente bordado en el pecho, que me identificaban con una tribu urbana que había dejado atrás. Decidí depositar la mitad de la ropa en una gran bolsa y donarla. Aunque contaba con una flamante lavadora, seguía utilizando un cubo para lavar mis camisetas. Como cada día en los últimos dos años. Todo ocupó su lugar en perchas. Todo ordenado. Todo simétrico.
Decidí no hacer juicios de valor. Por el momento.
Pasaron los días, encontré las cajas de los libros. Docenas. Empezaron a salir las novelas que tanto me habían hecho soñar. Las guías de viaje causantes de todo este despropósito. Resolví colocarlos sin orden ni concierto en las estanterías. Ya no eran libros. Eran objetos decorativos. Fueron situándose ellos solos en hileras pulcras. Habría allí más de un millar de libros, qué sé yo. Libros inútiles de ilustraciones, libros de esos que se dejan en la mesita del café para entretener a visitas ociosas y que nadie leerá jamás. Novelas densas y alambicadas. Poesía. Historia. Cuentos infantiles, historias eróticas, mamotretos infumables y productos de consumo comprados desapasionadamente en la línea de cajas de un supermercado. Me sentía en cierto modo como si alguien que me conocía sólo a medias me hubiera regalado una vida entera.
Aparecieron mis partituras, mis guitarras, un inútil theremin. Decenas de películas en DVD, juegos de consola, sábanas, útiles de escritorio, destornilladores, pinceles resecos, la vaporeta, un maniquí de un niño desnudo sin brazos que me acompaña desde hace una década. Bajo una lona, como un cadáver reseco de un guerrero con armadura, la hermosa Ducati, flamante como el primer día, vestida de cuero. Pesas de gimnasio, un enorme saco de boxeo, la caja de pinturas al óleo. El colosal iMac, cajas y más cajas de componentes de ordenador, un borroso cuadro pintado por mi adorada abuela Gudelia. Me trajo infinidad de recuerdos de mi infancia: En el lienzo, una callejuela andaluza, un pollino tostado al sol, una mujer vestida de faralaes que se asoma por la puerta encalada de una casa coronada de geranios. En la esquina inferior derecha una fecha: 8-V-1958. Pobre abuela Gudelia, qué pronto se fue, cuantísimo la quise.
Pasé cerca de una semana en la más absoluta soledad, entregado a la labor automática de hacer revivir mi hogar. Apenas sin pensar, hablando conmigo mismo como un loco, cubierto de sudor y de polvo. Cada bolígrafo ocupó su espacio en cada bote, cada estantería volvió a acumular cacharros inútiles. Conté siete moleskines por estrenar. Tres guitarras. Un amplificador, tres auriculares grandes. El Mac cobró vida sin protestar. Barrí la casa seis o siete veces, en un titánico esfuerzo contra los ácaros. No pude enfrentarme a las fotografías, que dejé aburriéndose en cajas de metal. Tampoco quise abrir viejas agendas, ni carpetas de documentos. En un rincón, me esperaban quince notificaciones de Hacienda, no supe qué hacer con ellas. Decidí que si era importante, ya me volverían a contactar o ya me sacarían ellos mismos el dinero del banco.
Finalmente, me senté en un sillón y contemplé mi obra. Un buen rato. Mis ojos recorrieron languidamente los rincones de la enorme casa de un hombre que se esfumó por el camino. Me descubrí aturdido ante el espejo del baño. Me miré largo rato a los ojos. Si estás unos minutos mirándote fijamente, puedes dirigir tu mirada sin que los ojos se muevan. Produce una sensación extracorpórea muy extraña. Observé cada poro, cada cana, cada arruga surgida bajo el sol del desierto, y fui completamente incapaz de reconocerme al cabo de un tiempo.
¿Quién había sido ese hombre de los trajes a medida y los sifones de espuma? ¿quién había sido el que había traído hasta esa enorme casa las pesas de gimnasio, los libros, las guitarras, los espejos de marco labrado, el mueble de tallla asiática, las vasijas de barro de metro y medio de alto, la impresora láser?
Y, lo más importante. ¿Quién diablos era o iba a ser yo ahora?



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